Diócesis de San Pedro Sula, Honduras.
 
 
Documentos / Plan Formativo del Bienio de Pastoral
 


II. LA FORMACIÓN PASTORAL DE LOS SEMINARISTAS

1. Formar “pastores” al estilo del Jesucristo

Toda la educación de los seminaristas debe tender a la formación de verdaderos pastores de almas a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor (OT4). La formación del pastor es, por tanto, la finalidad y el objetivo fundamental de los Seminarios Mayores.

Las diversas dimensiones de la formación, humana, espiritual, intelectual, pastoral y comunitaria, incluso la disciplina y la metodología educativa de la comunidad del Seminario, han de ordenarse conjuntamente a esta finalidad pastoral específica que unifica y determina toda la formación de los futuros sacerdotes (cf. PDV 57, b).

Todo el proceso de formación pastoral ha de introducir a los futuros presbíteros “en la tradición pastoral viva de la Iglesia particular”; al mismo tiempo les “abrirá el horizonte de su corazón y su mente a la dimensión misionera de la vida eclesial” (PDV 58, b) La inserción cordial en la diócesis requiere el conocimiento de la realidad diocesana, el acuerdo con las líneas pastorales y la experiencia de colaboración con el presbiterio. La apertura misionera comporta el interés por la Iglesia universal e incluso la disponibilidad para ayudar a las iglesias particulares necesitadas (cf. CIC 256-257).

La formación pastoral de los seminaristas comprende dos niveles complementarios: el teórico y el práctico. El teórico, además de la orientación pastoral que ha de poseer toda la teología y de la materia llamada “Teología Pastoral” (cf. PDV 57, d), incluye el estudio de las materias directamente relacionadas con el ejercicio pastoral. El práctico supone la realización y revisión de experiencias y acciones pastorales concretas. (cf. OT 21).

La formación pastoral teórica y práctica, debe ser correctamente articulada con otras dimensiones de la formación del seminarista en el proyecto personal de vida, guardando todas ellas entre sí unidad y armonía. El seminarista alcanzará esta articulación apoyándose en la fuente interior que es “la comunión cada vez más profunda con la caridad pastoral de Jesús” (PDV 57, f ). La formación pastoral, en efecto, más que el aprendizaje de métodos y sistemas, busca la reproducción de aquel modo de estar entre los hombres que caracterizó a Cristo, Buen Pastor.

La formación pastoral es global: el candidato se prepara en los diferentes campos de la acción evangelizadora, proclamación de la palabra de Dios, celebraciones litúrgicas, experiencia de oración personal y comunitaria, evangelización de la religiosidad popular, consejería y asesoría espirituales, acción y compromisos sociales, organización, animación, administración y dirección de la comunidad y acompañamiento de los movimientos apostólicos y de los sectores específicos de la acción pastoral (cf. CIC 246,1; OT 16; Puebla 875).

La formación pastoral de los candidatos no sólo se realiza en el seminario sino también en el seno de las comunidades eclesiales concretas de modo que en ellas pueda trabajar en equipo con los presbíteros y demás agentes de pastoral, convivir fraternalmente con los laicos, tener una relación madura con la mujer y dedicar una especial atención a los pobres y a los más necesitados.

A su vez, la comunidad eclesial que acoge al candidato se compromete con él en su camino al presbiterado, con el testimonio, el apoyo y la evaluación del trabajo pastoral y puede ser requerida a dar su parecer cuando el candidato pida ser llamado a los ministerios (cf. PO 11; Puebla 882).

2. Proceso y etapas

La formación pastoral se realiza de manera gradual, según los diferentes etapas de la formación que va viviendo el candidato y las diferentes habilidades que va adquiriendo y que le capacitan para servir a la iglesia mediante los ministerios del lectorado, del acolitado, la ordenación diaconal y, como culmen de la formación del seminario, la ordenación presbiteral. (cf. CIC 299, 1; 1035).

En este proceso formativo pastoral el seminarista ha de ir tomando conciencia de su propia realidad y del don recibido de Dios, en orden a desarrollar todas sus posibilidades humanas, espirituales y apostólicas. Por lo mismo, apelamos a la responsabilidad personal y a la interiorización personalizada de los valores de la vida y ministerio presbiteral. Propugnamos un proceso personalizado. A la vez, es un proceso inculturado. El seminario, para ser fiel a la misión que tiene dentro de la Iglesia, se ubica frente al hombre hondureño, que debe ser integralmente salvado en Cristo, y se empeña en la tarea de formar pastores dedicados a servirlo y promoverlo para que sea protagonista de su propio desarrollo.

La gradualidad del proceso y la necesidad de armonizar sus diferentes dimensiones hacen necesaria la planificación y la evaluación de los objetivos y acciones de nuestro proceso formativo. En este esfuerzo de articulación aspiramos a un justo equilibrio. Por tanto, debemos evitar tanto la improvisación y el descuido de los instrumentos convenientes como la confianza vana en que la programación constituye el centro de la tarea formativa y garantiza automáticamente sus resultados.

Distinguimos cuatro etapas en el proceso formativo:

• Primera etapa: Introductorio o propedeútico, un año de duración, en el seminario propio.
• Segunda etapa: Ciclo filosófico, tres años, en el Seminario Mayor.
• Tercera etapa: Ciclo teológico, cuatro años, en el Seminario Mayor.
• Cuarta etapa: Ciclo pastoral, dos años, en la Parroquia.

Gráficamente:

1 año
3 años
4 años
2 años

                 
Etapa Introductoria
Etapa Filosófica
Etapa Teológica
Etapa Pastoral
Seminario
Seminario
Seminario
Seminario



3. Un bienio “específicamente pastoral”

Cada una de las etapas, aún teniendo en cuenta todas las dimensiones de la formación, tiene su enfoque específico, sus peculiares acentuaciones y su propia armonización. La última etapa abarca dos años de duración, se realiza en la diócesis y tiene una clave directa y específicamente pastoral.

El seminarista ha concluido su etapa filosófica y teológica, en las que ya ha madurado las actitudes interiores propias de su vocación, ha recibido la debida formación doctrinal y se ha iniciado en la práctica pastoral.

Ahora vive en la parroquia o en el seminario con un sacerdote, y quizá con algún otro compañero, y empieza “experimentalmente”, a tiempo completo, el modo de vida y actividad pastoral semejante al modo de vida y ministerio que pronto va a recibir. De esta manera verifica en la realidad la personalización de lo recibido, lo consolida con una experiencia más amplia y realista y se prepara para su ordenación presbiteral.

En el primer año se caracteriza por ser un proceso de integración en la vida, en la actividad pastoral y en la organización de la parroquia y de la diócesis. La integración implica adaptación, conocimiento de la realidad, conocimiento y de sí mismo y de sus comportamientos en el nuevo contexto, asunción de compromisos bajo la propia responsabilidad y establecimiento de nuevas o más cercanas relaciones con otras personas.

En primer año concluye con la ordenación diaconal, que tendrá lugar, normalmente, en la primera quincena de febrero.

En el segundo año se ejercita el diaconado en su triple función, especialmente en el servicio de la caridad. Se perfecciona y completa la acción pastoral y se consolidan las virtudes humanas y espirituales que caracterizan al ministerio presbiteral que pronto va a recibir.

A esta etapa se la denomina “bienio de pastoral”. Comienza con la incorporación de quien ha terminado en el seminario mayor al destino dado por el obispo y en la fecha que él mismo indicare. Y concluye con el nuevo destino una vez ordenado de presbítero.

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