VI. LOS ACOMPAÑANTES
1. Significado del acompañamiento
La formación concierne, directamente y en primer término,
a la persona. Sólo ella puede llevar a cabo el proceso
de crecimiento interiorizando los valores que sustentan su
vida, personalizando las relaciones, y asumiendo positivamente
los acontecimientos.
El aspirante al sacerdocio es protagonista
necesario e insustituible de su formación: toda formación – incluida
la sacerdotal – es en definitiva una auto-formación.
Nadie nos puede sustituir en la libertad responsable que tenemos
cada uno como persona (PDV 69).
El seminarista o diácono del bienio de pastoral fortalecerá de
una manera más radical su libertad acogiendo la acción
formativa del espíritu. Pero acoger esta acción
significa también acoger las “mediaciones” humanos
de las que el Espíritu se sirve (PDV 69). Responsabilidad
personal y docilidad al Espíritu no excluyen sino que
implican la ayuda de otras personas, a quienes, llamaremos
acompañantes.
Entendemos por “acompañantes” a aquellos
sobre quienes recae una responsabilidad inmediata sobre la
formación integral de los candidatos que realizan su
bienio de pastoral. Como esta formación es compleja
y a la vez unitaria, necesita la ayuda de varias personas que,
cumpliendo funciones diversas, mantengan la debida relación
y concordancia. Estas personas son: el obispo, el director
espiritual, el párroco y los compañeros.
2. El Obispo
“El primer representante de Cristo en la formación
sacerdotal es el obispo (PDV 65). Esta responsabilidad conlleva
que el obispo “visite” a los seminaristas, supervise
su formación y obtenga conocimientos de su vocación,
carácter, piedad y aprovechamiento, sobre todo en orden
a conferirles las sagradas órdenes (CIC 259.2). Si esto
vale para todo el proceso formativo, que en nuestro caso se
da en el seminario interdiocesano de Tegucigalpa, con mayor
razón se aplica al bienio de pastoral que se desarrolla
en las parroquias de la diócesis y es la preparación
más inmediata y última para las sagradas órdenes.
El obispo hablará con los seminaristas que han terminado
su formación en el seminario interdiocesano tanto sobre
su vocación, madurez humana, vida espiritual, rendimiento
académico, etc. como sobre su nuevo destino: lugar,
objetivo, actividades, etc.
Cada tres meses aproximadamente conversará personalmente
con cada uno para conocer cómo están viviendo
esta etapa formativa, animarlos en su proceso de configuración
con Cristo sacerdote, iluminar los pasos de su itinerario,
especialmente en los momentos oscuros, y hacerles sentir su
presencia cercana y paternal.
Por su parte, los seminaristas y diáconos del bienio
de pastoral estarán unidos a su obispo con sincera caridad,
obediencia y espíritu de colaboración (PO 7).
Le abrirán confiadamente su corazón y acogerán
de buena gana sus orientaciones.
3. El párroco
“El párroco es el pastor propio de la parroquia
que se le confía…, para que cumpla las funciones
de enseñar, santificar y reguir con la cooperación
de otros presbíteros o diáconos y con la ayuda
de fieles laicos” (CIC 519).
En nuestra diócesis, desde hace 12 años, los
seminaristas que terminan en el seminario mayor interdiocesano
son destinados a alguna parroquia para que durante dos años,
el primero como seminaristas y el segundo como diáconos,
completen “experiencialmente” su formación
pastoral y para que ayuden al párroco en el cuidado
pastoral de parroquias tan extensas o pobladas, como son las
de nuestra diócesis.
El párroco tiene la responsabilidad de acoger con afecto
al seminarista destinado a su parroquia, introducirlo progresivamente
en el conocimiento de la vida y de la organización parroquial,
organizar, acompañar, enseñar y evaluar el trabajo
pastoral de quien ha sido destinado a vivir y a trabajar con él.
Es igualmente responsable de animar y cuidar los aspectos de
oración común, mesa compartida, convivencia,
trabajo en equipo, de modo que el futuro sacerdote viva ya
la fraternidad del presbiterio, que “se una con sus hermanos
por el vínculo de la caridad, de la oración y
de la total cooperación” (PO 8).
Los párrocos que acompañan a seminaristas o
diáconos en el bienio de pastoral deben conocer este
Plan Formativo y guiarse por sus orientaciones. El obispo los
convocará al menos una vez al año para evaluar
la experiencia, compartir los criterios de actuación
y buscar siempre la mejor consecución de los objetivos
marcados
Por su parte, el seminarista o diácono se integrará en
la viva común y en el cuidado pastoral con espíritu
de apertura para aprender, de solicitud para trabajar en las
tareas asignadas, de comunión en una misma voluntad
y empeño ( Cf. CIC 545.1), de diálogo para proponer
iniciativas pastorales e informar de las emprendidas(Cf. CIC
548.2), de obediencia para trabajar bajo la autoridad del párroco
(Cf. CIC 545.1); con espíritu de caridad para vivir,
y aprender viviendo, unas relaciones de fraternidad.
4. El director espiritual
El acompañamiento y la orientación espiritual
individualizada es uno de lo servicios imprescindibles que
presta el Seminario al futuro presbítero. Esta dirección
espiritual no termina al concluir la permanencia en el seminario.
Es preciso que sea continuada en la etapa formativa del bienio
de pastoral.
El candidato al ministerio ordenado no
puede recorrer en solitario el itinerario espiritual de estos
dos años sino que,
desde el comienzo, elegirá un director espiritual que
sepa y pueda acompañarlo, escucharlo, orientarlo y apoyarlo
y a quien abrirá con transparencia su espíritu,
como un signo de claridad en las relaciones consigo mismo,
con el Señor y con la Iglesia.
El sacerdote director espiritual, a pesar
de sus múltiples
ocupaciones, dedicará el tiempo suficiente a esta dirección
espiritual, que no conviene dejar a la improvisación
sino que es oportuno programar, al menos mínimamente
en cuanto a su frecuencia y contenidos. El plan personal de
vida y el plan pastoral pueden ser dos buenos instrumentos
para el acompañamiento espiritual.
El director espiritual ayudará a quien le ha pedido
que lo acompañe en su caminar a: objetivar los procesos
psicológicos y espirituales que vive; leer e interpretar
los acontecimientos interiores y exteriores y su influencia;
a discernir la voluntad concreta de Dios dentro de la opción
vocacional, es decir, por dónde quiere llevarle el Señor;
a iluminar y juzgar sus acciones pastorales desde la finalidad última
de configuración con Jesucristo sacerdote.
5. Los compañeros y los fieles
laicos
Toda ayuda que ilumina, sostiene y guía al aspirante
al presbiterado podemos considerarla acompañamiento
en sentido amplio. Los que caminan por la etapa del bienio
de pastoral cuentan con la presencia y ayuda de los compañeros
y experimentan también la compañía de
los fieles laicos. Unos y otros pueden realizar una tarea de
presencia y comunicación, de estímulo y cuestionamiento,
de consejo y de apoyo.
Es muy conveniente que los formandos del
bienio programen encuentros de ellos mismos para compartir
la experiencia, revisar
la respuesta, analizar los efectos formativos de las actividades
pastorales, diagnosticar los puntos débiles, orar juntos.
Una relación adulta y constructiva con los fieles
laicos será de gran ayuda para quienes se preparan
de inmediato al ministerio ordenado, ya que los fieles no
son únicamente “destinatarios” de unas
acciones sino sujetos personales con quienes se establecen
unas relaciones de fe, de amor y de cooperación.
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