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A los hermanos y hermanas “paz,
amor y fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo.
La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor
Jesucristo con amor indestructible”. Con este saludo
tan intenso y apasionado San Pablo concluía su Epístola
a los cristianos de Éfeso (6, 23-24). Con estas mismas
palabras nosotros, los Padres sinodales, reunidos en Roma para
la XII Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos bajo la
guía del Santo Padre Benedicto XVI, comenzamos nuestro
mensaje dirigido al inmenso horizonte de todos aquellos que
en las diferentes regiones del mundo siguen a Cristo como discípulos
y continúan amándolo con amor incorruptible.
A ellos les propondremos de nuevo la voz y la luz de la Palabra
de Dios, repitiendo la antigua llamada: “La palabra está muy
cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la
pongas en práctica” (Dt 30,14). Y Dios mismo le
dirá a cada uno: “Hijo de hombre, todas las palabras
que yo te dirija, guárdalas en tu corazón y escúchalas
atentamente” (Ez 3,10). Ahora les propondremos a todos
un viaje espiritual que se desarrollará en cuatro etapas
y desde lo eterno y lo infinito de Dios nos conducirá hasta
nuestras casas y por las calles de nuestras ciudades.
I. LA VOZ DE LA PALABRA:
LA REVELACIÓN
1. “El Señor les habló desde fuego, y
ustedes escuchaban el sonido de sus palabras, pero no percibían
ninguna figura: sólo se oía la voz” (Dt
4,12). Es Moisés quien habla, evocando la experiencia
vivida por Israel en la dura soledad del desierto del Sinaí.
El Señor se había presentado, no como una imagen
o una efigie o una estatua similar al becerro de oro, sino
con “rumor de palabras”. Es una voz que había
entrado en escena en el preciso momento del comienzo de la
creación, cuando había rasgado el silencio de
la nada: “En el principio... dijo Dios: “Haya luz”,
y hubo luz... En el principio existía la Palabra...
y la Palabra era Dios ... Todo se hizo por ella y sin ella
no se hizo nada” (Gn 1, 1.3; Jn 1, 1-3).
Lo creado no nace de una lucha intradivina, como enseñaba
la antigua mitología mesopotámica, sino de una
palabra que vence la nada y crea el ser. Canta el Salmista: “Por
la Palabra del Señor fueron hechos los cielos, por el
aliento de su boca todos sus ejércitos ... pues él
habló y así fue, él lo mandó y
se hizo” (Sal 33, 6.9). Y san Pablo repetirá “Dios
que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son
para que sean” (Rm 4, 17). Tenemos de esta forma una
primera revelación “cósmica” que
hace que lo creado se asemeje a una especie de inmensa página
abierta delante de toda la humanidad, en la que se puede leer
un mensaje del Creador: “Los cielos cuentan la gloria
de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos; el día
al día comunica el mensaje, la noche a la noche le pasa
la noticia. Sin hablar y sin palabras, y sin voz que pueda
oírse, por toda la tierra resuena su proclama, por los
confines del orbe” (Sal 19, 2-5).
2. Pero la Palabra divina también se encuentra en la
raíz de la historia humana. El hombre y la mujer, que
son “imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 27) y que,
por tanto, llevan en sí la huella divina, pueden entrar
en diálogo con su Creador o pueden alejarse de él
y rechazarlo por medio del pecado. Así pues, la Palabra
de Dios salva y juzga, penetra en la trama de la historia con
su tejido de situaciones y acontecimientos: “He visto
la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado el
clamor... conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo
de la mano de los egipcios y para sacarlo de esta tierra a
una tierra buena y espaciosa ...” (Ex 3, 7-8). Hay, por
tanto, una presencia divina en las situaciones humanas que,
mediante la acción del Señor de la historia,
se insertan en un plan más elevado de salvación,
para que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
pleno de la verdad” (1 Tm 2,4).
3. La Palabra divina eficaz, creadora
y salvadora, está por
tanto en el principio del ser y de la historia, de la creación
y la redención. El Señor sale al encuentro de
la humanidad proclamando: “Lo digo y lo hago” (Ez
37,14). Sin embargo, hay una etapa posterior que la voz divina
recorre: es la de la Palabra escrita, la “Graphé “o
las “Graphai”, las Escrituras sagradas, como se
dice en el Nuevo Testamento. Ya Moisés había
descendido de la cima del Sinaí llevando “las
dos tablas del Testimonio en su mano, tablas escritas por ambos
lados; por una y otra cara estaban escritas. Las tablas eran
obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios” (Ex
32,15-16). Y el propio Moisés prescribirá a Israel
que conserve y reescriba estas “tablas del Testimonio”: “Y
escribirás en esas piedras todas las palabras de esta
Ley. Grábalas bien” (Dt 27, 8).
Las Sagradas Escrituras son el “testimonio” en
forma escrita de la Palabra divina, son el memorial canónico,
histórico y literario que atestigua el evento de la
Revelación creadora y salvadora. Por tanto, la Palabra
de Dios precede y excede la Biblia, si bien está “inspirada
por Dios” y contiene la Palabra divina eficaz (cf. 2
Tm 3, 16). Por este motivo nuestra fe no tiene en el centro
sólo un libro, sino una historia de salvación
y, como veremos, una persona: Jesucristo, Palabra de Dios hecha
carne, hombre, historia. Precisamente porque el horizonte de
la Palabra divina abraza y se extiende más allá de
la Escritura, es necesaria la constante presencia del Espíritu
Santo que “guía hasta la verdad completa” (Jn
16, 13) a quien lee la Biblia. Es ésta la gran Tradición,
presencia eficaz del “Espíritu de verdad” en
la Iglesia, guardián de las Sagradas Escrituras, auténticamente
interpretadas por el Magisterio eclesial. Con la Tradición
se llega a la comprensión, la interpretación,
la comunicación y el testimonio de la Palabra de Dios.
El propio san Pablo, cuando proclamó el primer Credo
cristiano, reconocerá que “transmitió” lo
que él “a su vez recibió” de la Tradición
(1 Cor 15, 3-5).
II. EL ROSTRO DE LA PALABRA: JESUCRISTO
4. En el original griego son sólo tres las palabras
fundamentales: Lógos, sarx, eghéneto, “el
Verbo/Palabra se hizo carne”. Sin embargo, éste
no es sólo el ápice de esa joya poética
y teológica que es el prólogo del Evangelio de
san Juan (1, 14), sino el corazón mismo de la fe cristiana.
La Palabra eterna y divina entra en el espacio y en el tiempo
y asume un rostro y una identidad humana, tan es así que
es posible acercarse a ella directamente pidiendo, como hizo
aquel grupo de griegos presentes en Jerusalén: “Queremos
ver a Jesús” (Jn 12, 20-21). Las palabras sin
un rostro no son perfectas, porque no cumplen plenamente el
encuentro, como recordaba Job, cuando llegó al final
de su dramático itinerario de búsqueda: “Sólo
de oídas te conocía, pero ahora te han visto
mis ojos” (42, 5).
Cristo es “la Palabra que está junto a Dios y
es Dios”, es “imagen de Dios invisible, primogénito
de toda la creación” (Col 1, 15); pero también
es Jesús de Nazaret, que camina por las calles de una
provincia marginal del imperio romano, que habla una lengua
local, que presenta los rasgos de un pueblo, el judío,
y de su cultura. El Jesucristo real es, por tanto, carne frágil
y mortal, es historia y humanidad, pero también es gloria,
divinidad, misterio: Aquel que nos ha revelado el Dios que
nadie ha visto jamás (cf. Jn 1, 18). El Hijo de Dios
sigue siendo el mismo aún en ese cadáver depositado
en el sepulcro y la resurrección es su testimonio vivo
y eficaz.
5. Así pues, la tradición cristiana ha puesto
a menudo en paralelo la Palabra divina que se hace carne con
la misma Palabra que se hace libro. Es lo que ya aparece en
el Credo cuando se profesa que el Hijo de Dios “por obra
del Espíritu Santo se encarnó de María,
la Virgen”, pero también se confiesa la fe en
el mismo “Espíritu Santo que habló por
los profetas”. El Concilio Vaticano II recoge esta antigua
tradición según la cual “el cuerpo del
Hijo es la Escritura que nos fue transmitida” - como
afirma san Ambrosio (In Lucam VI, 33) - y declara límpidamente: “Las
palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho
semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del
Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo
semejante a los hombres” (DV 13).
En efecto, la Biblia es también “carne”, “letra”,
se expresa en lenguas particulares, en formas literarias e
históricas, en concepciones ligadas a una cultura antigua,
guarda la memoria de hechos a menudo trágicos, sus páginas
están surcadas no pocas veces de sangre y violencia,
en su interior resuena la risa de la humanidad y fluyen las
lágrimas, así como se eleva la súplica
de los infelices y la alegría de los enamorados. Debido
a esta dimensión “carnal”, exige un análisis
histórico y literario, que se lleva a cabo a través
de distintos métodos y enfoques ofrecidos por la exégesis
bíblica. Cada lector de las Sagradas Escrituras, incluso
el más sencillo, debe tener un conocimiento proporcionado
del texto sagrado recordando que la Palabra está revestida
de palabras concretas a las que se pliega y adapta para ser
audible y comprensible a la humanidad.
É
ste es un compromiso necesario: si se lo excluye, se podría
caer en el fundamentalismo que prácticamente niega la
encarnación de la Palabra divina en la historia, no
reconoce que esa palabra se expresa en la Biblia según
un lenguaje humano, que tiene que ser descifrado, estudiado
y comprendido, e ignora que la inspiración divina no
ha borrado la identidad histórica y la personalidad
propia de los autores humanos. Sin embargo, la Biblia también
es Verbo eterno y divino y por este motivo exige otra comprensión,
dada por el Espíritu Santo que devela la dimensión
trascendente de la Palabra divina, presente en las palabras
humanas.
6. He aquí, por tanto, la necesidad de la “viva
Tradición de toda la Iglesia” (DV 12) y de la
fe para comprender de modo unitario y pleno las Sagradas Escrituras.
Si nos detenemos sólo en la “letra”, la
Biblia entonces se reduce a un solemne documento del pasado,
un noble testimonio ético y cultural. Pero si se excluye
la encarnación, se puede caer en el equívoco
fundamentalista o en un vago espiritualismo o psicologismo.
El conocimiento exegético tiene, por tanto, que entrelazarse
indisolublemente con la tradición espiritual y teológica
para que no se quiebre la unidad divina y humana de Jesucristo,
y de las Escrituras.
En esta armonía reencontrada, el rostro de Cristo brillará en
su plenitud y nos ayudará a descubrir otra unidad, la
unidad profunda e íntima de las Sagradas Escrituras,
el hecho de ser, en realidad 73 libros, que sin embargo se
incluyen en un único “Canon”, en un único
diálogo entre Dios y la humanidad, en un único
designio de salvación. “Muchas veces y de muchas
maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por
medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos
ha hablado por medio del Hijo” (Hb 1, 1-2). Cristo proyecta
de esta forma retrospectivamente su luz sobre la entera trama
de la historia de la salvación y revela su coherencia,
su significado, su dirección.
É
l es el sello, “el Alfa y la Omega” (Ap 1, 8) de
un diálogo entre Dios y sus criaturas repartido en el
tiempo y atestiguado en la Biblia. Es a la luz de este sello
final cómo adquieren su “pleno sentido” las
palabras de Moisés y de los profetas, como había
indicado el mismo Jesús aquella tarde de primavera,
mientras él iba de Jerusalén hacia el pueblo
de Emaús, dialogando con Cleofás y su amigo,
cuando “les explicó lo que había sobre él
en todas las Escrituras” (Lc 24, 27).
Precisamente porque en el centro de la Revelación está la
Palabra divina transformada en rostro, el fin último
del conocimiento de la Biblia no está “en una
decisión ética o una gran idea, sino en el encuentro
con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte
a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus
caritas est, 1).
III. LA CASA DE LA PALABRA: LA IGLESIA
Como la sabiduría divina en el Antiguo Testamento,
había edificado su casa en la ciudad de los hombres
y de las mujeres, sosteniéndola sobre sus siete columnas
(cf. Pr 9, 1), también la Palabra de Dios tiene una
casa en el Nuevo Testamento: es la Iglesia que posee su modelo
en la comunidad-madre de Jerusalén, la Iglesia, fundada
sobre Pedro y los apóstoles y que hoy, a través
de los obispos en comunión con el sucesor de Pedro,
sigue siendo garante, animadora e intérprete de la Palabra
( LG 13). Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (2,
42), esboza la arquitectura basada sobre cuatro columnas ideales: “Todos
se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza
de los apóstoles y participar en la vida común,
en la fracción del pan, y en las oraciones”.
7. En primer lugar está la didaché apostólica,
es decir, la predicación de la Palabra de Dios. El apóstol
Pablo, en efecto, nos advierte que “la fe nace de la
predicación y la predicación se realiza en virtud
de la Palabra de Cristo” (Rm 10, 17). Desde la Iglesia
sale la voz del mensajero que propone a todos el kérygma,
o sea el anuncio primario y fundamental que el mismo Jesús
había proclamado al comienzo de su ministerio público: “el
tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca.
Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).
Los apóstoles anuncian la inauguración del Reino
de Dios y, por lo tanto, de la decisiva intervención
divina en la historia humana, proclamando la muerte y la resurrección
de Cristo: “En ningún otro hay salvación,
ni existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por
el cual podamos salvarnos” (Hch 4, 12). El cristiano
da testimonio de su esperanza: “háganlo con delicadeza
y respeto, y con tranquilidad de conciencia”, preparado,
sin embargo, a ser también envuelto y tal vez arrollado
por el torbellino del rechazo y de la persecución, consciente
de que “es mejor sufrir por hacer el bien, si ésa
es la voluntad de Dios, que por hacer el mal” (1 Pe 3,
16-17).
En la Iglesia resuena, después, la catequesis que está destinada
a profundizar en el cristiano “el misterio de Cristo
a la luz de la Palabra para que todo el hombre sea irradiado
por ella” (Juan Pablo II, Catechesi tradendae, 20). Pero
el vértice de la predicación está en la
homilía que, aún hoy, para muchos cristianos,
es el momento culminante del encuentro con la Palabra de Dios.
En este acto, el ministro debería transformarse también
en profeta. En efecto, él debe con un lenguaje nítido,
incisivo y sustancial y no sólo con autoridad “anunciar
las maravillosas obras de Dios en la historia de la salvación” (SC
35) - ofrecidas anteriormente, a través de una clara
y viva lectura del texto bíblico propuesto por la liturgia
- pero que también debe actualizarse según los
tiempos y momentos vividos por los oyentes, haciendo germinar
en sus corazones la pregunta para la conversión y para
el compromiso vital: “¿qué tenemos que
hacer?” (Hch 2, 37).
El anuncio, la catequesis y la homilía suponen, por
lo tanto, la capacidad de leer y de comprender, de explicar
e interpretar, implicando la mente y el corazón. En
la predicación se cumple, de este modo, un doble movimiento.
Con el primero se remonta a los orígenes de los textos
sagrados, de los eventos, de las palabras generadoras de la
historia de la salvación para comprenderlas en su significado
y en su mensaje. Con el segundo movimiento se vuelve al presente,
a la actualidad vivida por quien escucha y lee siempre a la
luz del Cristo que es el hilo luminoso destinado a unir las
Escrituras. Es lo que el mismo Jesús había hecho
- como ya dijimos - en el itinerario de Jerusalén a
Emaús, en compañía de sus dos discípulos.
Esto es lo que hará el diácono Felipe en el camino
de Jerusalén a Gaza, cuando junto al funcionario etíope
instituirá ese diálogo emblemático: “¿Entiendes
lo que estás leyendo? [...] ¿Cómo lo voy
a entender si no tengo quien me lo explique?” (Hch 8,
30-31). Y la meta será el encuentro íntegro con
Cristo en el sacramento. De esta manera se presenta la segunda
columna que sostiene la Iglesia, casa de la Palabra divina.
8. Es la fracción del pan. La escena de Emaús
(cf. Lc 24, 13-35) una vez más es ejemplar y reproduce
cuanto sucede cada día en nuestras iglesias: después
de la homilía de Jesús sobre Moisés y
los profetas aparece, en la mesa, la fracción del pan
eucarístico. Éste es el momento del diálogo íntimo
de Dios con su pueblo, es el acto de la nueva alianza sellada
con la sangre de Cristo (cf. Lc 22, 20), es la obra suprema
del Verbo que se ofrece como alimento en su cuerpo inmolado,
es la fuente y la cumbre de la vida y de la misión de
la Iglesia. La narración evangélica de la última
cena, memorial del sacrificio de Cristo, cuando se proclama
en la celebración eucarística, en la invocación
del Espíritu Santo, se convierte en evento y sacramento.
Por esta razón el Concilio Vaticano II, en un pasaje
de gran intensidad, declaraba: “La Iglesia ha venerado
siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo
del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir
a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como
del Cuerpo de Cristo” (DV 21). Por esto, se deberá volver
a poner en el centro de la vida cristiana “la Liturgia
de la Palabra y la Eucarística que están tan íntimamente
unidas de tal manera que constituyen un solo acto de culto” (SC
56).
9. La tercera columna del edificio espiritual
de la Iglesia, la casa de la Palabra, está constituida por las oraciones,
entretejidas - como recordaba san Pablo - por “salmos,
himnos, alabanzas espontáneas” (Col 3, 16). Un
lugar privilegiado lo ocupa naturalmente la Liturgia de las
horas, la oración de la Iglesia por excelencia, destinada
a marcar el paso de los días y de los tiempos del año
cristiano que ofrece, sobre todo con el Salterio, el alimento
espiritual cotidiano del fiel. Junto a ésta y a las
celebraciones comunitarias de la Palabra, la tradición
ha introducido la práctica de la Lectio divina, lectura
orante en el Espíritu Santo, capaz de abrir al fiel
no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también
de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente.
É
sta se abre con la lectura (lectio) del texto que conduce a
una búsqueda de conocimiento auténtico de su
contenido real : ¿qué dice el texto bíblico
en sí? Sigue la meditación (meditatio) en la
cual la pregunta es: ¿qué nos dice el texto bíblico?
De esta manera se llega a la oración (oratio) que supone
otra pregunta: ¿qué le decimos al Señor
como respuesta a su Palabra? Se concluye con la contemplación
(contemplatio) durante la cual asumimos como don de Dios su
misma mirada para juzgar la realidad y nos preguntamos: ¿qué conversión
de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor?
Ante el lector orante de la Palabra de Dios se yergue idealmente
la figura de María, la madre del Señor, que “conservaba
estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc
2, 19; cf. 2, 51), esto es- como dice el texto original griego
- encontrando el vínculo profundo que une eventos, actos
y cosas, aparentemente desunidas, en el plan divino. También
se puede presentar a los ojos del fiel que lee la Biblia, la
actitud de María, hermana de Marta, que se sienta a
los pies del Señor a la escucha de su Palabra, no dejando
que las agitaciones exteriores le absorban enteramente su alma
y ocupen también el espacio libre de “la mejor
parte ” que no nos debe ser quitada ( Lc 10, 38-42).
10. Aquí estamos, finalmente, frente a la última
columna que sostiene la Iglesia, casa de la Palabra: la koinonía,
la comunión fraterna, otro de los nombres del ágape,
es decir, del amor cristiano. Como recordaba Jesús,
para convertirse en sus hermanos o hermanas se necesita ser “de
los que oyen la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,
21). La escucha auténtica es obedecer y actuar, es hacer
florecer en la vida la justicia y el amor, es ofrecer ,tanto
en la existencia como en la sociedad, un testimonio en línea
con el llamado de los profetas que constantemente unía
la Palabra de Dios y la vida, la fe y la exigencia de rectitud,
el culto y el compromiso social. Esto es lo que repetía
continuamente Jesús, a partir de la célebre advertencia
del Sermón de la montaña: “No todo el que
me dice: ¡Señor, Señor! entrará en
el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi
Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21). Esta
frase parece hacer eco de la palabra divina propuesta por Isaías: “Este
pueblo me ofrece tan solo palabras, y me honra con los labios
, pero su corazón está lejos de mí” (Is
29, 13). Estas advertencias son también para las iglesias
cuando no son fieles a la escucha obediente de la Palabra de
Dios.
Esa palabra, por tanto, debe ser visible y legible ya en el
rostro mismo y en las manos del creyente, como lo sugería san Gregorio Magno que veía
la Palabra de Dios hecha vida, en san Benito y en los otros grandes hombres
de Dios, testigos de comunión con Dios y los hermanos. El hombre justo
y fiel no sólo “explica” las Escrituras, sino que las “despliega” frente
a todos como realidad viva y practicada. Por eso : “viva lectio, vita
bonorum”, es decir: la vida de los buenos, es una lectura/lección
viva de la Palabra divina. Ya san Juan Crisóstomo había observado
que los apóstoles descendieron del monte de Galilea, donde habían
encontrado al Resucitado, sin ninguna tabla de piedra escrita como sucedió con
Moisés, ya que, desde aquel momento, sus mismas vidas se transformarían
en Evangelio viviente.
En la casa de la Palabra Divina encontramos también a los hermanos y
las hermanas de las otras Iglesias y comunidades eclesiales que, a pesar de
la separación que todavía hoy existe, se reencuentran con nosotros
en la veneración y en el amor por la Palabra de Dios, principio y fuente
de una primera y verdadera unidad, aunque incompleta. Este vínculo siempre
debe reforzarse por medio de las traducciones bíblicas comunes, la difusión
del texto sagrado, la oración bíblica ecuménica, el diálogo
exegético, el estudio y la comparación entre las diferentes interpretaciones
de las Sagradas Escrituras, el intercambio de los valores propios de las diversas
tradiciones espirituales, el anuncio y el testimonio común de la Palabra
de Dios en un mundo secularizado.
IV. LOS CAMINOS DE LA PALABRA: LA MISIÓN
“Porque de Sión saldrá la Ley y de Jerusalén
la palabra del Señor” (Is 2,3). La Palabra de
Dios personificada “sale” de su casa, del templo,
y se encamina a lo largo de los caminos del mundo para encontrar
la gran peregrinación que los pueblos de la tierra han
emprendido en la búsqueda de la verdad, de la justicia
y de la paz. Existe, en efecto, también en la moderna
ciudad secularizada, en sus plazas, y en sus calles - donde
parecen reinar la incredulidad y la indiferencia, donde el
mal parece prevalecer sobre el bien, creando la impresión
de la victoria de Babilonia sobre Jerusalén - un deseo
escondido, una esperanza germinal, una conmoción de
esperanza. Como se lee en el libro del profeta Amos, “vienen
días - dice Dios, el Señor - en los cuales enviaré hambre
a la tierra, no de pan, ni sed de agua, sino de oír
la Palabra de Dios” (Is 8, 11). A este hambre quiere
responder la misión evangelizadora de la Iglesia.
Igualmente, Cristo resucitado lanza el llamado a los apóstoles,
titubeantes para salir de las fronteras de su horizonte protegido: “Por
tanto, id a todas las naciones, haced discípulos [...]
y enseñadles a obedecer todo lo que os he mandado” (Mt
28, 19-20). La Biblia está llena de llamadas a “no
callar”, a “gritar con fuerza”, a “anunciar
la Palabra en el momento oportuno e importuno” a ser
centinelas que rompen el silencio de la indiferencia. Los caminos
que se abren frente a nosotros, hoy, no son únicamente
los que recorrió san Pablo o los primeros evangelizadores
y, detrás de ellos, todos los misioneros que se lanzan
al encuentro de las gentes en tierras lejanas.
11. La comunicación extiende ahora una red que envuelve
todo el mundo y el llamado de Cristo adquiere un nuevo significado: “Lo
que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno
día, y lo que escuchen al oído, proclámenlo
desde lo alto de las casas” (Mt 10, 27). Ciertamente,
la Palabra sagrada debe tener una primera presencia y difusión
por medio del texto impreso, con traducciones que respondan
a la variedad de idiomas de nuestro planeta. Pero la voz de
la Palabra divina debe resonar , también , a través
de la radio, las autopistas de la información de Internet,
los canales de difusión virtual “on line”,
los CD, los DVD, los podcast (MP3) y otros; debe aparecer en
las pantallas televisivas y cinematográficas, en la
prensa, en los eventos culturales y sociales.
Esta nueva comunicación, comparada con la tradicional,
ha asumido una gramática expresiva específica
y es necesario, por lo tanto, estar capacitados no sólo
en el plano técnico, sino también cultural para
dicha empresa. En un tiempo dominado por la imagen, propuesta
especialmente desde el medio hegemónico de la comunicación
que es la televisión, es todavía significativo
y sugestivo el modelo preferido por Cristo: Él recurría
al símbolo, a la narración, al ejemplo, a la
experiencia diaria, a la parábola: “Todo esto
lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de
parábolas ...y no les hablaba sin parábolas” (Mt
13, 3.34). Jesús, en su anuncio del Reino de Dios, nunca
se dirigía a sus interlocutores con un lenguaje vago,
abstracto y etéreo, sino que les conquistaba partiendo
justamente de la tierra, donde apoyaban sus pies para conducirlos
desde lo cotidiano a la revelación del Reino de los
Cielos. Se vuelve, entonces, significativa la escena evocada
por Juan: “Algunos quisieron prenderlo, pero ninguno
le echó mano. Los guardias volvieron a los principales
sacerdotes y a los fariseos. Y ellos les preguntaron: ¿Por
qué no lo trajeron? Los guardias respondieron: “Jamás
hombre alguno habló como este hombre” (7, 44-46).
12. Cristo camina por las calles de nuestras
ciudades y se detiene ante el umbral de nuestras casas: “Mira que estoy
a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta,
entraré en su casa, cenaré con él y él
conmigo” (Ap 3, 20). La familia, albergada tras los muros
de su hogar, con sus alegrías y sus dramas, es un espacio
fundamental en el que debe entrar la Palabra de Dios. La Biblia
está llena de pequeñas y grandes historias familiares
y el Salmista imagina con vivacidad el cuadro sereno de un
padre sentado a la mesa, rodeado de su esposa, como una vid
fecunda, y de sus hijos, como “brotes de olivo” (Sal
128). Los primeros cristianos celebraban la liturgia en la
vida cotidiana de la casa, así como Israel confiaba
a la familia la celebración de la Pascua ( Ex 12, 21-27).
La Palabra de Dios se transmite de una generación a
otra, por lo que los padres se convierten en “los primeros
predicadores de la fe” (LG 11). El Salmista también
recordaba que “lo que hemos oído y aprendido,
lo que nuestros padres nos contaron, no queremos ocultarlo
a nuestros hijos, lo narraremos a la próxima generación:
son las glorias del Señor y su poder, las maravillas
que Él realizó; ... y podrán contarlas
a sus propios hijos” (Sal 78, 3-4.6).
Cada casa deberá, pues, tener su Biblia y custodiarla
de modo concreto y digno, leerla y rezar con ella, mientras
que la familia deberá proponer formas y modelos de educación
orante, catequística y didáctica sobre el uso
de las Escrituras, para que “jóvenes y doncellas
también, los viejos junto con los niños” (Sal
148, 12) escuchen, comprendan, alaben y vivan la Palabra de
Dios. En especial, las nuevas generaciones, los niños,
los jóvenes, tendrán que ser los destinatarios
de una pedagogía apropiada y específica, que
los conduzca a experimentar el atractivo de la figura de Cristo,
abriendo la puerta de su inteligencia y su corazón,
a través del encuentro y el testimonio auténtico
del adulto, la influencia positiva de los amigos y la gran
familia de la comunidad eclesial.
13. Jesús, en la parábola del sembrador, nos
recuerda que existen terrenos áridos, pedregosos y sofocados
por los abrojos (cf. Mt 13, 3-7). Quien entra en las calles
del mundo descubre también los bajos fondos donde anidan
sufrimientos y pobreza, humillaciones y opresiones, marginación
y miserias, enfermedades físicas, psíquicas y
soledades. A menudo, las piedras de las calles están
ensangrentadas por guerras y violencias, en los centros de
poder la corrupción se alía con la injusticia.
Se alza el grito de los perseguidos por la fidelidad a su conciencia
y su fe. Algunos se ven arrollados por una crisis existencial
o su alma está privada de un significado que dé sentido
y valor a la vida misma. Como es “mera sombra el humano
que pasa, sólo un soplo las riquezas que amontona” (Sal
39,7), muchos sienten cernirse sobre ellos también el
silencio de Dios, su aparente ausencia e indiferencia: “¿Hasta
cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para
siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu
rostro?” (Sal 13, 2). Y al final, se yergue ante todos
el misterio de la muerte.
La Biblia, que propone precisamente una fe histórica
y encarnada, presenta incesantemente este inmenso grito de
dolor que sube de la tierra hacia el cielo. Bastaría
sólo con pensar en las páginas marcadas por la
violencia y la opresión, en el grito áspero y
continuado de Job, en las vehementes súplicas de los
salmos, en la sutil crisis interior que recorre el alma del
Eclesiastés, en las vigorosas denuncias proféticas
contra las injusticias sociales. Además, se presenta
sin atenuantes la condena del pecado radical, que aparece en
todo su poder devastador desde los exordios de la humanidad
en un texto fundamental del Génesis (c. 3). En efecto,
el “misterio del pecado” está presente y
actúa en la historia, pero es revelado por la Palabra
de Dios que asegura en Cristo la victoria del bien sobre el
mal.
Pero, sobre todo, en las Escrituras domina principalmente la
figura de Cristo, que comienza su ministerio público
precisamente con un anuncio de esperanza para los últimos
de la tierra: “El Espíritu del Señor está sobre
mí porque me ha ungido para anunciar a los pobres la
Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación
a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a
los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc
4, 18-19). Sus manos tocan repetidamente cuerpos enfermos o
infectados, sus palabras proclaman la justicia, infunden valor
a los infelices, conceden el perdón a los pecadores.
Al final, él mismo se acerca al nivel más bajo, “despojándose
a sí mismo” de su gloria, “tomando la condición
de esclavo, asumiendo la semejanza humana y apareciendo en
su porte como hombre ... se rebajó a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de
cruz” (Flp 2, 7-8).
Así, siente miedo de morir: “Padre, si es posible, ¡aparta
de mí este cáliz!”; experimenta la soledad
con el abandono y la traición de los amigos; penetra
en la oscuridad del dolor físico más cruel con
la crucifixión e incluso en las tinieblas del silencio
del Padre :“Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?” y llega al precipicio último
de cada hombre, el de la muerte:“dando un fuerte grito,
expiró”. Verdaderamente, a él se puede
aplicar la definición que Isaías reserva al Siervo
del Señor: “varón de dolores y que conoce
el sufrimiento” (Is 53, 3).
Y aún así, también en ese momento extremo,
no deja de ser el Hijo de Dios: en su solidaridad de amor y
con el sacrificio de sí mismo siembra en el límite
y en el mal de la humanidad una semilla de divinidad, o sea,
un principio de liberación y de salvación; con
su entrega a nosotros circunda de redención el dolor
y la muerte, que él asumió y vivió, y
abre también para nosotros la aurora de la resurrección.
El cristiano tiene, pues, la misión de anunciar esta
Palabra divina de esperanza, compartiéndola con los
pobres y los que sufren, mediante el testimonio de su fe en
el Reino de verdad y vida, de santidad y gracia, de justicia,
de amor y paz, mediante la cercanía amorosa que no juzga
ni condena, sino que sostiene, ilumina, conforta y perdona,
siguiendo las palabras de Cristo: “Vengan a mí,
todos los que están fatigados y agobiados, y yo les
daré descanso” (Mt 11, 28).
14. Por los caminos del mundo la Palabra
divina genera para nosotros, los cristianos, un encuentro
intenso con el pueblo
judío, al que estamos íntimamente unidos a través
del reconocimiento común y el amor por las Escrituras
del Antiguo Testamento, y porque de Israel “procede Cristo
según la carne” (Rm 9, 5). Todas las sagradas
páginas judías iluminan el misterio de Dios y
del hombre, revelan tesoros de reflexión y de moral,
trazan el largo itinerario de la historia de la salvación
hasta su pleno cumplimiento, ilustran con vigor la encarnación
de la Palabra divina en las vicisitudes humanas. Nos permiten
comprender plenamente la figura de Cristo, quien había
declarado “No penséis que he venido a abolir la
Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt
5, 17), son camino de diálogo con el pueblo elegido
que ha recibido de Dios “la adopción filial, la
gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las
promesas” (Rm 9, 4), y nos permiten enriquecer nuestra
interpretación de las Sagradas Escrituras con los recursos
fecundos de la tradición exegética judaica.
“
Bendito sea mi pueblo Egipto, la obra de mis manos Asiria,
y mi heredad Israel” (Is 19, 25). El Señor extiende,
por lo tanto, el manto de protección de su bendición
sobre todos los pueblos de la tierra, deseoso de que “todos
los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la
verdad” (1Tm 2, 4). También nosotros, los cristianos,
por los caminos del mundo, estamos invitados - sin caer en
el sincretismo que confunde y humilla la propia identidad espiritual
- a entrar con respeto en diálogo con los hombres y
mujeres de otras religiones, que escuchan y practican fielmente
las indicaciones de sus libros sagrados, comenzando por el
islamismo, que en su tradición acoge innumerables figuras,
símbolos y temas bíblicos y nos ofrece el testimonio
de una fe sincera en el Dios único, compasivo y misericordioso,
Creador de todo ser y Juez de la humanidad.
El cristiano encuentra, además, sintonías comunes
con las grandes tradiciones religiosas de Oriente que nos enseñan
en sus textos sagrados el respeto a la vida, la contemplación,
el silencio, la sencillez, la renuncia, como sucede en el budismo.
O bien, como en el hinduismo, exaltan el sentido de lo sagrado,
el sacrificio, la peregrinación, el ayuno, los símbolos
sagrados. O, también, como en el confucionismo, enseñan
la sabiduría y los valores familiares y sociales. También
queremos prestar nuestra cordial atención a las religiones
tradicionales, con sus valores espirituales expresados en los
ritos y las culturas orales, y entablar con ellas un respetuoso
diálogo; y con cuantos no creen en Dios, pero se esfuerzan
por “respetar el derecho, amar la lealtad, y proceder
humildemente” (Mi 6, 8), tenemos que trabajar por un
mundo más justo y en paz, y ofrecer en diálogo
nuestro genuino testimonio de la Palabra de Dios, que puede
revelarles nuevos y más altos horizontes de verdad y
de amor.
15. En su Carta a los artistas (1999),
Juan Pablo II recordaba que “la Sagrada Escritura se ha convertido en una especie
de inmenso vocabulario” (P. Claudel) y de “Atlas
iconográfico” (M. Chagall) del que se han nutrido
la cultura y el arte cristianos” (n. 5). Goethe estaba
convencido de que el Evangelio era la “lengua materna
de Europa”. La Biblia, como se suele decir, es “el
gran código” de la cultura universal: los artistas,
idealmente, han impregnado sus pinceles en ese alfabeto teñido
de historias, símbolos, figuras que son las páginas
bíblicas; los músicos han tejido sus armonías
alrededor de los textos sagrados, especialmente los salmos;
los escritores durante siglos han retomado esas antiguas narraciones
que se convertían en parábolas existenciales;
los poetas se han planteado preguntas sobre los misterios del
espíritu, el infinito, el mal, el amor, la muerte y
la vida, recogiendo con frecuencia el clamor poético
que animaba las páginas bíblicas; los pensadores,
los hombres de ciencia y la misma sociedad a menudo tenían
como punto de referencia, aunque fuera por contraste, los conceptos
espirituales y éticos (pensemos en el Decálogo)
de la Palabra de Dios. Aun cuando la figura o la idea presente
en las Escrituras se deformaba, se reconocía que era
imprescindible y constitutiva de nuestra civilización.
Por esto, la Biblia - que también enseña la via
pulchritudinis, es decir, el camino de la belleza para comprender
y llegar a Dios - “¡tocad para Dios con destreza!”,
nos invita el Sal 47, 8 - no sólo es necesaria para
el creyente, sino para todos, para descubrir nuevamente los
significados auténticos de las varias expresiones culturales
y, sobre todo, para encontrar nuevamente nuestra identidad
histórica, civil, humana y espiritual. En ella se encuentra
la raíz de nuestra grandeza y mediante ella podemos
presentarnos con un noble patrimonio a las demás civilizaciones
y culturas, sin ningún complejo de inferioridad. Por
lo tanto, todos deberían conocer y estudiar la Biblia,
bajo este extraordinario perfil de belleza y fecundidad humana
y cultural.
No obstante, la Palabra de Dios - para usar una significativa
imagen paulina - “no está encadenada” (2Tm
2, 9) a una cultura. Es más, aspira a atravesar las
fronteras y, precisamente el Apóstol fue un artífice
excepcional de inculturación del mensaje bíblico
dentro de nuevas coordenadas culturales. Es lo que la Iglesia
está llamada a hacer también hoy, mediante un
proceso delicado pero necesario, que ha recibido un fuerte
impulso del magisterio del Papa Benedicto XVI. Tiene que hacer
que la Palabra de Dios penetre en la multiplicidad de las culturas
y expresarla según sus lenguajes, sus concepciones,
sus símbolos y sus tradiciones religiosas. Sin embargo,
debe ser capaz de custodiar la sustancia de sus contenidos,
vigilando y evitando el riesgo de degeneración.
La Iglesia tiene que hacer brillar los valores que la Palabra
de Dios ofrece a otras culturas, de manera que puedan llegar
a ser purificadas y fecundadas por ella. Como dijo Juan Pablo
II al episcopado de Kenya durante su viaje a África
en 1980, “la inculturación será realmente
un reflejo de la encarnación del Verbo, cuando una cultura,
transformada y regenerada por el Evangelio, produzca en su
propia tradición expresiones originales de vida, de
celebración y de pensamiento cristiano”.
CONCLUSIÓN
“La voz de cielo que yo había oído me
habló otra vez y me dijo: “Toma el librito que
está abierto en la mano del ángel...”.
Y el ángel me dijo: “Toma, devóralo; te
amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce
como la miel”. Tomé el librito de la mano del ángel
y lo devoré; y fue en mi boca dulce como la miel; pero,
cuando lo comí, se me amargaron las entrañas” (Ap
10, 8-11).
Hermanos y hermanas de todo el mundo, acojamos también
nosotros esta invitación; acerquémonos a la mesa
de la Palabra de Dios, para alimentarnos y vivir “no
sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca
del Señor” (Dt 8, 3; Mt 4, 4). La Sagrada Escritura,
como afirmaba una gran figura de la cultura cristiana: “tiene
pasajes adecuados para consolar todas las condiciones humanas
y pasajes adecuados para atemorizar en todas las condiciones” (B.
Pascal, Pensieri, n. 532 ed. Brunschvicg).
La Palabra de Dios, en efecto, es “más dulce que
la miel, más que el jugo de panales” (Sal 19,
11), es “antorcha para mis pasos, luz para mi sendero” (Sal
119, 105), pero también “como el fuego y como
un martillo que golpea la peña” (Jr 23, 29). Es
como una lluvia que empapa la tierra, la fecunda y la hace
germinar, haciendo florecer de este modo también la
aridez de nuestros desiertos espirituales (Is 55, 10-11). Pero
también es “viva, eficaz y más cortante
que una espada de dos filos. Penetra hasta la división
entre alma y espíritu, articulaciones y médulas;
y discierne sentimientos y pensamientos del corazón” (Hb
4, 12).
Nuestra mirada se dirige con afecto a todos los estudiosos,
a los catequistas y otros servidores de la Palabra de Dios
para expresarles nuestra gratitud más intensa y cordial
por su precioso e importante ministerio. Nos dirigimos también
a nuestros hermanos y hermanas perseguidos o asesinados a causa
de la Palabra de Dios y el testimonio que dan al Señor
Jesús (cf. Ap 6, 9): como testigos y mártires
nos cuentan “la fuerza de la palabra” (Rm 1, 16),
origen de su fe, su esperanza y su amor por Dios y por los
hombres.
Hagamos ahora silencio para escuchar con eficacia la Palabra
del Señor y mantengamos el silencio luego de la escucha
porque seguirá habitando, viviendo en nosotros y hablándonos.
Hagámosla resonar al principio de nuestro día,
para que Dios tenga la primera palabra y dejémosla que
resuene dentro de nosotros por la noche, para que la última
palabra sea de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, “Te saludan todos los que
están conmigo. Saluda a los que nos aman en la fe. ¡La
gracia
con todos vosotros!” (Tt 3, 15).
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