Preparando el ambiente y el espíritu

 

  • Buenas tardes (noches) les conceda el Señor y bienvenidos a este encuentro eclesial en pro de nuestra “Radio Luz”, que el día 4 del mes próximo estará cumpliendo 20 años.

 

  • Todo empezó con un pequeño deseo que fue creciendo en la voluntad de varias personas, el deseo se hizo esperanza de realización y la esperanza se hizo compromiso y el compromiso mantenido durante estos años aviva la esperanza de que es posible lograr mucho más.

 

  • Muchas gracias por su presencia en este acto. Es un signo de su aprecio y estima, de su apoyo y colaboración con Radio Luz. Con personas como ustedes es posible seguir esperando en una diócesis cada vez más comprometida con los MCS.

 

  • Dos palabras forman el título de la predicación o mensaje que voy a dirigirles: “esperanza y compromiso”. Quien espera está vivo y se compromete a trabajar por aquello que espera. Quien nada espera está muerto en vida y, por tanto, nada hace.

 

  • Los invito a escuchar, sentados como están, la Palabra de Dios inspiradora del mensaje que les anunciaré.

 

Lectura de Rom 8,18-29.

 

Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que se ha de revelar en nosotros. 

 

La humanidad aguarda ansiosamente que se revelen los hijos de Dios. Ella fue sometida al fracaso, no voluntariamente, sino por imposición de otro; pero esta humanidad, tiene la esperanza de que será liberada de la esclavitud de la corrupción para obtener la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

 

Sabemos que hasta ahora la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos por dentro esperando la condición de hijos adoptivos, el rescate de nuestro cuerpo.

 

Con esa esperanza nos han salvado. Una esperanza que ya se ve, no es esperanza; porque, lo que uno ve no necesita esperarlo. Pero, si esperamos lo que no vemos, aguardamos con paciencia.

  • Tenemos en este texto como el proceso completo de la esperanza, los pasos del acto de esperar:
    • Primer paso: Mirada a la realidad de la propia persona del apóstol, de los cristianos, de la creación.
    • Segundo paso: Descubre la realidad del pecado, esclavitud y padecimientos.
    • Tercer paso: Nosotros y la creación gemimos de dolor por esta realidad que no queremos.
    • Cuarto paso: Tenemos la esperanza de que se manifieste nuestra condición gloriosa de hijos de Dios.
    • Quinto paso: Nuestra esperanza se apoya en Jesucristo muerto y resucitado, causa de nuestra salvación.
    • Sexto paso: Esperamos con perseverancia y compromiso.

 

  • Vayamos analizando más detenidamente cada uno de estos pasos para comprender mejor qué es la esperanza cristiana y renovarla en esta tarde-noche.

 

  1. Esperar es vivir con los ojos abiertos
  • Esperar es vivir con los ojos abiertos para conocer la realidad en la que nos encontramos. La virtud de la justicia es simbolizada por una mujer con los ojos tapados para expresar la imparcialidad de su proceder. La esperanza no se tapa los ojos para no ver la realidad, al contario, tiene los ojos bien abiertos para mirar la realidad.
  • Esperar no es evadirse de la realidad dolorosa y negativa sino mirarla de frente, afrontarla, sin miedo, con realismo. La persona que espera tiene bien puestos los pies en la tierra, en su situación concreta pues todo deseo de cambio, de transformación tiene que partir de esa realidad.

 

  • Como cristianos que esperamos ya desde ahora que reine Dios en los corazones y en la sociedad no podemos desinteresarnos de la realidad que vivimos. En nombre de “la espiritualidad cristiana” no podemos decir: Yo me refugio en mi relación personal con Dios, en mis oraciones, en mi grupo o comunidad cristiana y no quiero saber nada de los problemas del “mundo”. No quiero saber nada de la pobreza, de la inequidad social, de la corrupción, de la falta de medios…

 

  • Cuanto más esperamos, la redención del pecado, más anhelamos la liberación de lo que nos esclaviza, cuanto más oramos “venga tu Reino”, “hágase tu voluntad” más despiertos y lucidos hemos de estar a la realidad concreta en la que vivimos para ver como se hace realidad esa salvación, ese Reinado de Dios y qué es lo que a él se opone.
  1. ¿Qué vemos en nuestra realidad eclesial y social?
  • Nuestra mirada a la realidad concreta en la que vivimos es una mirada de fe, tratar de mirarla como la miraría Jesús, el Señor, para descubrir en ella los valores del Reino de Dios y todo aquello que es contario y se opone a este Reino de vida, de verdad y de amor. Podemos ayudarnos de las ciencias humanas para conocerla mejor, como de la sociología, de la historia, de la antropología cultural. Al final siempre nos preguntaremos: ¿es esta la realidad que Dios quiere para sus hijos?

 

Esto es lo que estamos haciendo en nuestra diócesis con el llamado “Plan 2019: evaluación y planificación para la renovación”. Esto es lo que hemos hecho los obispos de Honduras en los dos últimos mensajes del mes de junio y de octubre.

 

  • Mirada de a la diócesis: Plan 2019

 

  • Dirijamos, pues, la mirada a la diócesis. ¿Qué vemos en nuestra realidad eclesial? Estamos en la última etapa de evaluación de cómo hemos cumplido el Plan Pastoral Diocesano 2014-2019. No podemos mirar al futuro inmediato 2020-2026 ni hacer un plan para este sexenio sin un conocimiento de cómo está la diócesis: las parroquias, las comisiones, los movimientos, nosotros mismos. Especialmente hemos de ser conscientes de aquellos aspectos malogrados, deficientes, negativos más importantes e influyentes.

 

  • Esta era la finalidad que propuse a la diócesis cuando expliqué y lancé el Plan 2019 con la aprobación del presbiterio y del Consejo Pastoral Diocesano. Y quise que esta evaluación la hiciéramos todos, desde la base y no solo un grupo de selectos, de modo que la mirada de muchos compartida y dialogada nos diera una visión realista, acertada y completa de la diócesis.

 

  • Y si nos fijamos en las deficiencias, debilidades y pecados de acción u omisión de la diócesis es porque queremos un cambio, reforma, renovación permanente de la diócesis, sabiendo que esa transformación empieza por mí mismo. Y porque tenemos la esperanza de que esa renovación es posible con la luz y fortaleza del Espíritu y el compromiso generoso de todos nosotros.

 

  • Situación del país según la mirada de la CEH

 

  • Los obispos de Honduras en las dos últimas asambleas, junio y octubre, “hemos puesto el dedo en las llagas” de Honduras, hemos señalado los problemas más graves y continuados del país. Y lo hemos hecho porque queremos y esperamos una Honduras mejor.

 

  • En ambos mensajes hemos hecho un llamado a la esperanza y al compromiso, un llamado dirigido a todos, primeramente a los católicos pero también a todo ciudadano de buena voluntad. Esta esperanza y compromiso no se dan en el vacío sino en nuestra situación concreta. Por eso hemos denunciado aquellas realidades que dificultan o impiden que todas las personas puedan tener las condiciones para una vida digna de hijos de Dios.

 

  • Espero que todos hayan leído esos mensajes o sino hagan hoy el propósito de hacerse con ellos y leerlos y comentarlos en los grupos y comunidades. Permítanme recordar algunos de esos síntomas de enfermedad grave:

 

  • Con profundo dolor constatamos cómo “la lacra del narcotráfico”, como la ha llamado el Papa Francisco, “que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos”, es una realidad que ha permeado las instituciones de nuestro país.

 

  • Por otra parte, la vida también es amenazada cuando las instituciones no se ocupan por atender las necesidades fundamentales del pueblo. Nuestra política vernácula se ha caracterizado por la costumbre de ignorar directamente al pueblo, hablar en su nombre y terminar haciendo pactos que en nada benefician al mismo pueblo.

 

  • Con dolor y pena contemplamos el viacrucis de tantos hermanos migrantes. Duele reconocer que lo que más exporta Honduras son seres humanos movidos por la esperanza de una mejor vida y más segura.

 

  • Por eso, se hace aún más dolorosa y comprensible la indignación de la mayoría de la población, el sufrimiento de los más pobres, la decepción de los jóvenes, el miedo de los migrantes, la angustia de los enfermos, la impotencia frente a la corrupción y la impunidad, el cansancio de quienes luchan por una Honduras mejor sin ver resultados.

 

  1. No queremos la realidad marcada por el pecado y sus consecuencias, nos duele y la denunciamos

 

  • ¿Cómo reaccionamos ante la realidad del sufrimiento, de la injusticia fruto del egoísmo, de la mentira, de la violencia? ¿Qué sentimos ante pecados graves que claman al cielo? ¿Nos quedamos indiferentes o nos sublevamos? ¿Nos duele o permanecemos insensibles? El cristiano que vive de la esperanza no puede permanecer indiferente e insensible ante esa realidad negativa, contraria a la dignidad humana y a su realización, opuesta al proyecto de vida y salvación que Dios ya ha realizado en Jesucristo.

 

  • Esas situaciones de dolor y de muerte le duelen en lo hondo de su alma, como le dolían a Jesús las muchedumbres de pobres, enfermos, abatidos por el peso de la vida que lo buscaban y seguían. Al verdadero discípulo del Señor, que quiere la llegada de su Reino le duelen los males de Honduras, le duelen los males de la Iglesia, de nuestra Iglesia diocesana. Y si no nos duelen es que se nos está endureciendo el corazón y necesitamos que el Señor arranque nuestro corazón de piedra y nos dé un corazón de carne, un corazón como el suyo.

 

  • Nos duele esa realidad irredenta y esclavizante y no la queremos. No hacemos las paces con el mal, con la injusticia, con todo lo que daña a las personas, imágenes de Dios. No queremos estar en connivencia con las fuerzas negativas para la vida de los demás. Y denunciamos esas realidades inhumanas o poco humanas. No nos engañemos a nosotros mismos y corrompamos nuestra conciencia llamando inteligente al corrupto, listo y vivo al injusto, honorable al opresor, astuto al egoísta y benefactor al malvado poderoso.

 

  1. Queremos y esperamos un cambio, una transformación

 

  • Ante esa realidad negativa, a veces tan dura y fuerte ¿Qué nos queda? ¿Resignarnos? ¿Repetir decepcionados que no se puede hacer nada? ¿Darnos por vencidos? ¿Estrellarnos contra el muro de lo imposible? No, ahí es donde brota y se yergue fuerte y animosa la esperanza. Ahí es donde nuestra conciencia creyente grita por dentro: queremos un cambio, esperamos un cambio, creemos que es posible revertir esa situación, transformar esas condiciones de vida.

 

  • A ver hermanos, comprendamos que el contexto de la esperanza es la prueba, la crisis, la negatividad. La esperanza se afirma y crece precisamente en el terreno que parece menos favorable, en el terreno de la duda, de la dificultad, de las situaciones sin salida aparente, de las pruebas duras de la vida, de la esclavitud del pecado personal y social.

 

  • Hay plantas que necesitan un terreno y clima aptos para crecer. Pero hay plantas duras y resistentes que crecen en terrenos desérticos. La esperanza es una planta, una virtud que crece en terrenos áridos, secos, muertos. Más aún, tengo que decirles que cuanto más convenientes y fuertes parezcan las razones para no esperar, más firme ha de ser la voluntad y deseo de un cambio, y mayor ha de ser la esperanza en que esa transformación se irá realizando. La verdadera esperanza se muestra y demuestra en las pruebas, crisis, dificultades y negatividades de la vida.

 

Cuando todo va bien y para quienes todo está bien no se necesita esperar un cambio que mejore la situación. Están muy contentos con su buena suerte y con su buen y confortable nivel de vida. Es la autosuficiencia de los instalados que no quieren dejar su posición ni desean cambios cualitativos. Lo que esperan es un crecimiento cuantitativo para su propio beneficio. La situación de los demás les interesa muy poco.

 

  • Cuidado con otra tentación que nos acecha a la que algunos sucumben y hasta pueden contagiar a otros. Son “los decepcionados” de todo: de la sociedad, de la Iglesia y hasta de Dios. Han hecho la experiencia de la vida, ya están en sus cincuenta años y más, han puesto lo positivo y negativo en la balanza y ésta se inclina de lado de lo negativo. Sí, de jóvenes tuvieron sus ideales, sus sueños, hasta lucharon por una Iglesia mejor, por una sociedad más justa, por…Pero la vida les ha enseñado que eso de la esperanza suena muy bonito pro que es ilusorio. Lo que cuenta, para ellos, es el realismo y este nos dice que no hay mucho que esperar. El esperar de lo negativo termina por cerrar toda salida.

 

  1. ¿Cuáles son las razones para esperar?

 

  • ¿Será verdad que la esperanza es una ilusión? ¿Estarán en lo cierto los que afirman que pesa más lo negativo? ¿Qué razones tenemos para esperar?

 

  • Potencialidades y fortalezas de la misma realidad

 

  • Hay una primera razón que se apoya en las potencialidades y fortalezas de la misma realidad. La realidad personal y social, las situaciones en las que vivimos, la cultura que nos envuelve no solo tienen aspectos negativos, doloroso, que atentan contra una vida digna o impiden su desarrollo, sino que también llevan consigo potencialidades positivas, energías vitales para una transformación, fortalezas para superar las pruebas.

 

  • Es Dios mismo, Creador, quien ha dado esas capacidades, energías y fuerzas en la naturaleza, en las personas, en los grupos y asociaciones, en la sociedad misma. Dios creador es el fundamento último de todo, la meta que atrae todo hacia sí, la energía y dinamismo interno de transformación y de evolución.

 

  • Quedarnos atrapados por lo negativo es permanecer en la superficie de las personas, de las cosas y de los acontecimientos. Es preciso perforar la realidad, entrar hasta su profundidad y descubrir así al Dios de la vida y de la salvación, motivación, apoyo y término de nuestra esperanza.

 

  • “Jesucristo es nuestra esperanza” (1 Tim 1,1)

 

“Nos ha nacido un Salvador” (Lc 2,11)

 

¿Qué razones tenemos para otorgar esa audaz confianza al conjunto de la realidad? Se lo digo claramente, “Jesucristo es nuestra esperanza” (1 Tim 1,1).

 

Nuestra esperanza se apoya firmemente en la venida histórica de Jesús, en el acontecimiento salvífico de su persona y se abre a progresivas realizaciones hasta su venida definitiva en poder y en gloria. La liturgia del Adviento lo expresa en el prefacio primero: Jesucristo “al venir por vez primera, en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención  trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la Salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria… podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar” (Prefacio I de Adviento).

 

En los momentos de confusión, en las situaciones desesperadas, cuando nos vemos perdidos y desorientados, deseamos, pedimos que alguien nos salve, nos libere, nos saque de la esclavitud. Experimentamos diversas formas de exclusión, esclavitud y deshumanización cuya raíz está siempre en el pecado y cuyo término último es la muerte. Pero tenemos un Salvador. El ángel nos lo anuncia hoy a nosotros: “no teman, pues les anuncio una gran alegría que lo será también para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc. 2,10-11).

 

No estamos botados, abandonados en la vida, nadie es un “desecho”. No estamos perdidos, dando vueltas sin sentido, sin origen ni meta. No estamos condenados al poder del pecado y de la muerte. “Dios nos ha Salvado y nos ha dado una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia voluntad y por la gracia que nos ha sido dada desde la eternidad en Jesucristo. Esta gracia se ha manifestado ahora en la aparición de nuestro Salvador, Jesucristo, que ha destruido la muerte y ha hecho irradiar la vida y la inmortalidad gracias al anuncio del Evangelio” (2 Tim 1, 9-10: Cfr. Rom 5 1-2).

 

¿Creemos a fondo que en Jesucristo alcanzamos la salvación que lleva a la vida eterna? (Cfr. Rom 5,19. 21) ¿Nos sentimos salvados, conscientes de que no pesa condenación alguna sobre los que viven en Cristo Jesús (Rom 8,1)?

 

Realizaciones históricas de la esperanza cristiana

 

  • A partir de la salvación ya alcanzada en Jesucristo, de la victoria sobre las fuerzas del pecado y de la muerte por Él lograda, vamos caminando a la plenitud de la salvación más allá de los límites de nuestra historia humana.

 

  • En este caminar, en esta peregrinación hasta llegar a la meta última de nuestra esperanza, vamos manteniendo la esperanza de nuevas y progresivas realizaciones de la victoria contra lo que no es propio de una vida digna y plena en Jesucristo.

 

  • Se trata entonces de esperar y trabajar progresivas formas de vida personal y social más humanas y más cristianas. Así deseamos, esperamos y trabajamos por:  
    • Pasar de situaciones de injusticia a personas, instituciones y estructuras más justas.
    • Pasar de condiciones inhumanas a causa de la miseria a formas de desarrollo más humano para todos.
    • Pasar de un nivel de vida en el que los pobres no tienen atendida ni su salud ni su educación ni su trabajo a niveles sociales en los que las personan vivan dignamente.
    • Pasar de un modelo de vida eclesial rutinaria y formalista a una pertenencia eclesial gozosa, activa y corresponsable.
    • Pasar de familias gravemente desintegradas a familias sacramentadas donde se vive el amor y las buenas relaciones familiares.
    • Etc…

 

  • Todo esto son los logros parciales del Reinado definitivo del Padre en Cristo. Parciales sí, pero plenamente válidos, deseables y que debemos desear de corazones y por los que debemos trabajar. Más aún, son pasos, logros y realizaciones progresivas del plan de Dios y a la vez garantía de la plenitud que esperamos.

 

  • Cuidado con la tentación de pensar, decir y actuar que como esperamos el cielo, no esperamos nada de la tierra, no deseamos unas personas mejores y una sociedad más fraterna, solidaria, equitativa, ni queremos trabajar por estas causas de desarrollo integral de las personas y de los pueblos.

 

La meta y plenitud de nuestra esperanza en Cristo 

 

  • Pero las realizaciones históricas alcanzadas no son la plenitud de la esperanza cristiana, que se abre a una dimensión transcendente, más allá de la historia. La esperanza cristiana no se detiene en el umbral de la muerte ni se alarga solo en la sucesión del tiempo sino que salta hasta la vida eterna en Dios, apoyada en la promesa y fidelidad de Dios mismo.

 

  • Este futuro, cordialmente esperado, es descrito por la revelación cristiana como “manifestación del Señor” y como plenitud humana. Ahora vivimos con la esperanza de que Jesucristo a quien Dios resucitó de entre los muertos se manifieste desde el cielo (Cfr. 1Tes 1,10; 3,13; 1Cor 1,7-8). La manifestación de la gloria de Dios revelará al mismo tiempo “lo que seremos como hijos de Dios” (Rom 8,19). La luz de Dios, la santidad de Dios se reflejará en nosotros mismos.

 

  • Entonces alcanzaremos “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rom 8,21). “Veremos cara a cara a Dios y le conoceremos como Él nos conoce” (1Cor 13,12). “Estaremos para siempre con el Señor” (1Tes 4,17), “en la casa del Padre”, “donde Él se ha ido a prepararnos sitio” (Jn 14, 2-3). Aquí tomaremos posesión del reino preparado para nosotros desde la creación del mundo (Mt 25,34) y “viviremos para siempre” (Jn 6, 51).

 

  1. La Esperanza se hace compromiso

 

  • Lo esperado no viene de manera automática. El futuro no está programado en “la computadora del tiempo”. El futuro del esperante cristiano es novedad. Dios llega en las más sorprendentes mediaciones y en el tiempo que menos lo esperamos. Por tanto, esperamos “con vigilancia”, con atención. Las llamadas de Jesús a la vigilancia son frecuentes: “así pues, velen porque no saben qué día llegará su Señor” (Mt. 24,42; 25,13). “Lo que a ustedes les digo, lo digo a todos: ¡velen!” (Mc 13,37).

 

  • Quien no vigila es que no espera nada ni a nadie. Está contento y satisfecho con el presente y la situación dada. Por tanto puede dormitar, o gozar, o divertirse. Quién vigila espera una novedad, está atento a cualquier sorpresa, no se conforma con las cosas tal como están. La espera vigilante es espera inconformista. Escuchen esta llamada de atención. Podemos acostumbrarnos y hasta insensibilizarnos a la violencia, a la corrupción, a la pobreza. Ya no nos duelen en el alma. Terminan por convertirse en componente natural del paisaje que vemos todos los días. Pero entonces la esperanza está en peligro de extinción. Mientras hay “dolor con el dolor”, mientras hay sensibilidad espiritual, la esperanza, por amor, carga con la realidad y por amor protesta ya que no debe ser así y por amor espera que llegue a ser de otra manera mejor.

 

  • La esperanza es acogida y tarea, protesta y compromiso. El acto de esperar empieza reconociendo y asumiendo la situación de prueba, de dolor de injusticia en la que vivimos. Pero no claudica ante unos hechos que se impondrían irremediablemente, sino que nos implica activamente en un proceso que da sentido a las pruebas y tribulaciones por las que pasamos y va realizando diligentemente una transformación de nosotros mismos y de la realidad, en la dirección de lo esperado.

 

  • Gracias a este proceso, la esperanza escapa a la acusación de debilidad y de pasividad. La idea de una esperanza inerte, inactiva es contradictoria. La esperanza es creativa e impulsa a la acción. Hay una espera inactiva que no puede hacer nada para que llegue lo esperado, como cuando espero impaciente la llegada del bus que se retrasa. La verdadera esperanza es dinámica y creativa tanto en lo que se refiere a las actitudes de la persona que espera como en lo relativo a las actividades que emprende y promueve.
  • Quien nada espera, nada hace, y a la inversa, quien nada hace por lo esperado es que nada espera. Si en verdad somos discípulos animados por una esperanza viva no nos dejemos llevar por la pereza, la rutina, la comodidad, la resignación pasiva. Es la hora de una esperanza creativa, transformadora, perseverante, hasta el sacrificio, hasta el don de nosotros mismos. “Si nos fatigamos y luchamos, es porque tenemos puesta la esperanza en el Dios vivo” (1Tim. 4,10).

 

Conclusión

 

  • Queremos ser una Iglesia “en camino”, en proceso de renovación permanente. Y nos hemos propuesto caminar “juntos”, en comunión y corresponsabilidad. Es decir, somos una Iglesia “Sinodal”. Pues bien, lo propio de quienes “caminan juntos” es la esperanza y una esperanza compartida.

 

  • Con esta conferencia he cumplido, en parte, mi cometido de “servidor del evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo”, pues “al obispo corresponde la tarea de ser profeta, testigo y servidor de la esperanza. Tiene el deber de infundir confianza y proclamar ante todos las razones de esperanza cristiana”. (Exhortación apostólica del papa Juan Pablo II, “Pastores gregis”, 16-10-2003).

 

Muchas gracias por su atención.

 

 

+ Ángel Garachana Pérez, CMF

Obispo de San Pedro Sula

 

 

 

 

 

 

+ Ángel Garachana Pérez, CMF

Obispo de San Pedro Sula