| |
Ver articulos anteriores
Por: Josué Dany Hernández Guzmán
En estos días de Pascua, además de releer El Quijote (ver artículo anterior), estoy leyendo la famosa obra del escritor C.S. Lewis (el mismo autor de las Crónicas de Narnia) titulada Cartas del diablo a su sobrino.
C.S. Lewis no es un autor católico. Sin embargo, este librito es un libro de espiritualidad, sólo que hay que hacer lo contrario de lo que el libro sugiere, porque es el diablo quien ofrece los consejos a su sobrino.
Les haré una brevísima síntesis: Escrutopo, un diablo viejo y con experiencia, le envía una serie de cartas a su sobrino Urogario (un diablo joven y principiante) sobre la manera de cómo tiene que tratar a su “paciente”. Entiéndase por paciente el ser humano al cual Urogario tiene la misión de tentar para que peque y al morir termine en el infierno.
Pues bien, C. S. Lewis da pruebas en las Cartas de un agudo conocimiento de las debilidades y miserias humanas. Escrutopo va indicándole a Urogario de qué hilos tiene que halar para conseguir el resultado deseado. Y es que se parte de la idea que así como cada uno de nosotros tiene un ángel de la guarda, así tenemos un “diablito o demonio de la tentación”.
He pensado que Escrutopo podría escribirle a su sobrino Urogario en este tiempo pascual lo siguiente:
Mi querido Urogario:
Ya que tu paciente ha participado (¡por desgracia!) de la Semana Santa, y en la parroquia ha quedado un sentimiento de alegría por la Pascua del Enemigo (cosa que ninguno de los demonios del alto mando entiende: ¿por qué el enemigo quiso morir por estos gusanillos humanos?), hay varias líneas de acción para acabar con ese gozo y hacer que sea, como dicen en el país de tu “paciente”, llamarada de tusa.
Una de las líneas a seguir es evitar que tu paciente se dé cuenta que se ha preparado tanto para celebrar la pascua (cuaresma, Semana Santa), que ahora está como quien llega a un sitio y no sabe qué hacer. ¡No permitas Urogario que se dé cuenta de que se ha preparado tanto precisamente para celebrar este tiempo pascual! La pereza, ese pecado que tanto nos ha ayudado y que gracias al alto mando hemos conseguido que poco se hable de él en las iglesias, es nuestro aliado para que tu paciente no viva el tiempo de pascua. Hazle pensar en que al llegar Pentecostés, volvemos a lo ordinario, a la rutina, al acomodo nuevamente. ¡No dejes que lea los Hechos de los Apóstoles! ¡No permitas que se identifique con la alegría y la esperanza de la Pascua! ¡No consientas que cante! ¡Distráelo para que deje pasar estos cincuenta días como si fueran cualquier cosa y no como un solo día, como sugiere la Iglesia del Enemigo! ¡No le dejes que ore o que se dé cuenta del llamado a la misión que con insistencia le hace el Enemigo! Mientras menos se comprometa tu paciente en la Iglesia, mejor.
Sigue estos consejos, Urogario, y pronto tendremos un cristiano que ni reza, ni participa de la misa, y lo mejor aún… no se siente redimido. Quítale la alegría y pronto lo tendremos a buen recaudo en la casa de nuestro padre.
Tu cariñoso tío, Escrutopo.
|