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EL MISTERIO DE LA LUNA
 


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Por: Josué Dany Hernández Guzmán

El 20 de julio de 1969 el hombre llegó a la Luna. El fantástico pero real acontecimiento tuvo en expectativa a la inmensa mayoría de la humanidad. Se trataba de una hazaña de la técnica y del intelecto humano. Tres hombres salieron al espacio. Uno se quedó en la órbita lunar y los otros dos pudieron poner la huella de un calzado humano en el polvoso y estéril suelo lunar.

Ciertamente fue un triunfo de la astronáutica estadounidense que mantuvo en suspenso a millones de personas alrededor del mundo. Los medios de comunicación permitieron no sólo que la población mundial viera el importante suceso; también que el presidente Richard Nixon pudiera comunicarse por teléfono con los astronautas que estaban en la Luna, convirtiéndose en la “larga distancia” más larga de la historia de la telefonía.

Este aniversario de los cuarenta años de la llegada del hombre a la Luna que en los Estados Unidos durará toda la semana, me lleva a pensar en la Luna, este humilde y sencillo astro que ha sido fuente de inspiración de pintores, poetas y enamorados. El papa Benedicto XVI ha hablado en alguna ocasión sobre la Iglesia como “misterium lunae” o sea, como “misterio de la Luna”.

En efecto, el papa nos recuerda que la Iglesia está llamada a ser como la Luna. ¿En qué sentido? En el sentido de ser un reflejo de la luz de Cristo. Sabemos que la Luna no brilla por sí misma. Lo que hace es reflejar la luz del Sol.

Atendiendo a este hecho astronómico, podemos reflexionar en el papel de la Iglesia en el mundo de hoy, sobre todo en nuestro país, Honduras, donde se ha criticado el papel (pasivo o activo) de la Iglesia en la crisis política que estamos padeciendo hace ya casi un mes. Muchos quisieran que la Iglesia hiciera esto (según sus intereses particulares) o dijera aquello otro (según también según su criterio, interesado o no en cierta postura política). Pero la iglesia no cumple expectativas. Celebra misterios.

Así como la Luna nos envía la luz del Sol a través de ella, durante las noches, así la Iglesia envía la luz del evangelio de Jesucristo a la noche del hombre, para iluminarlo. La Iglesia no es un club que se tenga que adecuar a los requerimientos de unos grupos. Me encantó una homilía de Monseñor Ángel donde decía que los obispos y sacerdotes son “pontífices”, es decir, “constructores de puentes”. A eso están llamados todos los miembros de la Iglesia Católica: no nos polarizamos, no levantamos muros que dividan. Queremos hacer puentes que unan a la sociedad hondureña, tristemente dividida.

¿Qué belleza salva al mundo? Cristo Jesús. Es la luz de Cristo la que debe iluminar los corazones de los hondureños. Debemos buscar el diálogo para que se pueda llevar a cabo un proyecto de país unidos y comprometidos con el bienestar de nuestra nación, en la defensa de los principios fundamentales de la solidaridad, el bien común y la justicia social.

Si se busca esto, la Iglesia estará ahí, para iluminar, como siempre lo ha hecho.

 




 
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