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Por: Josué Dany Hernández Guzmán
“Algunos eligen no casarse por el reino de los cielos. Quien pueda entender que entienda” (Cfr. Mt 19, 12)
“Dios quiere el celibato porque quiere ser amado…. Necesito algo majestuoso que amar. Hay en mi alma necesidad de una majestad que nunca me cansaré de adorar” (S. Kierkegaard, Diario, XI A 154).
Estamos viviendo en esta época una verdadera agresión contra el valor de la castidad por parte de la cultura dominante. La bien conocida tendencia a despreciar lo que se ha perdido o no hemos podido alcanzar (recuerden la zorra de la fábula de Esopo, que cuando no pudo alcanzar las uvas gritó: ¡están verdes!) lleva a la cultura de nuestro tiempo a ver con sospecha o a ridiculizar este valor tradicional, defendido por la misma naturaleza humana que lo envuelve con la delicada y constante custodia del pudor.
El ambiente (con frecuencia, el mismo ambiente estudiantil, que debería ayudarles a madurar) empuja a los jóvenes a avergonzarse de su pureza, a poner todos sus esfuerzos en ocultarla, y hasta inventan experiencias deshonestas que nunca han tenido, sólo para no parecer distintos a los demás. Eso es hipocresía.
Como consecuencia, el efecto de este insensato ataque se ha dejado sentir también dentro de la iglesia. El celibato y la castidad, se oye decir a veces, no permiten el desarrollo sano y completo de la persona; no dejan al hombre ser plenamente hombre ni a la mujer ser plenamente mujer.
Y se valen de casos recientes de infidelidad a la castidad por parte de algunos sacerdotes para volver a atacar el valor de la castidad. Piensan que los sacerdotes deberían casarse (no nos han preguntado si nos queremos casar) y se rasgan las vestiduras hipócritamente para decir que la Iglesia los obliga (¡Qué bobada!) a vivir la castidad. Sólo les pido que recuerden esto: Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Son muchos los sacerdotes que sí viven la castidad a plenitud y son felices. Se gastan y se desgastan en su servicio a los demás. Viven con alegría la gracia del celibato. El que un sacerdote de Miami no viva su castidad no significa que miles y miles de sacerdotes no la vivan o se sientan “castrados en el amor” como estúpidamente dijo alguien por ahí. La castidad es poner nuestra sexualidad al servicio del Amor, no del egoísmo.
En realidad, la virginidad por el Reino es un valor espléndido que las modas y el tiempo no pueden alterar. Podrán unirse todas las fuerzas, la sabiduría de este mundo, las ciencias llamadas humanas, para protestar contra esta forma de vida llegando a definirla como “una infamia del pasado” y lanzando contra ella todo género de sospechas y burlas; se podrán añadir a esto, todos los pecados e infidelidades de los mismos que han optado por abrazarla; pero ella, sin embargo, seguirá estando presente porque ha sido instituida por Jesucristo, quien la escogió para sí mismo.
En una época como la nuestra, en la que el abuso en el campo de la sexualidad está amenazando las fuentes mismas de la vida y la naturaleza emite evidentes signos de protesta, es un deber y un gozo para los creyentes redescubrir la alternativa radical del Evangelio. Esta alternativa no descalifica ni culpabiliza al sexo, sino que pone de manifiesto su carácter humano, libre y racional, impidiendo que degenere en un mero instinto (como los animalitos) y que caiga en la trivialidad. Como escribió el poeta indio Rabindranath Tagore, “La castidad es una riqueza que proviene de la abundancia del amor” (no de la carencia del mismo).
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