Diócesis de San Pedro Sula, Honduras.
 
 
Documentos / Plan Pastoral Diocesano 2007 - 2010
 


PRIORIDAD PASTORAL CUARTA:
PARA QUE EL PUEBLO TENGA VIDA

“Cuidar, defender y promover la vida humana, especialmente la de quienes son más afectados por la pobreza, la injusticia y la violencia.”


I. MIRADA A LA REALIDAD (VER)

Una realidad crónica que nos duele

Con nuestros obispos afirmamos: “La eliminación de la pobreza y el desarrollo de nuestro pueblo encuentran obstáculos que parecen insalvables, como son: la inequidad en la generación y en la distribución de la riqueza; la baja calidad e insuficiente cobertura de la educación; la deficiente atención de los servicios de salud; la explotación irracional y el aprovechamiento ilícito de los recursos naturales; la corrupción generalizada; el robo de los bienes del Estado; el olvido del bien común, de la justicia, de la solidaridad y la pérdida del valor sagrado de la vida. Todos ellos no sólo causan un continuo empobrecimiento de nuestra población, sino que producen un flujo constante de hondureños hacia el exterior en busca de mejores condiciones de vida.”. (“Por los caminos de la esperanza”, n. 10)

Aspectos positivos más relevantes

La diócesis está realizando ya una intensa y variada pastoral social como lo muestran los siguientes indicadores: tiene organizada la Caritas diocesana; la pastoral de la salud abarca la pastoral “del buen samaritano” con personas afectadas por VIH-SIDA, residencias u hogares de ancianos, consultorios y dispensarios, formación de promotores populares de salud, etc. Los centros penales de la diócesis son atendidos por la pastoral penitenciaria. Estamos presentes en la educación formal y “no formal”. Algunas parroquias desarrollan proyectos de viviendas, proyecto de desarrollo agrícola solidario, etc.

Nuestro obispo iniciaba su ministerio con este lema: “para que tengan vida”. La vida digna y plena de todas las personas ha sido una prioridad de nuestros planes pastorales. Hemos denunciado de diversas formas los graves atentados a la vida humana que sufre nuestro pueblo, hemos proclamado el “evangelio de la vida” y nos sentimos urgidos a servir al evangelio de la vida que no es otro que la dignidad sagrada de la persona.

Mirando en profundidad, advertimos la fortaleza y solidaridad de los pobres para soportar el peso de la vida, el nacer de formas de organización desde la base para defender la justicia y transformar las condiciones sociales más inmediatas, la configuración de asociaciones de la “sociedad civil” para participar en la vida política y social y el clamor del pueblo que dice, aunque sea en voz baja y en los círculos de los vecinos conocidos, “basta ya”.

Aspectos críticos más cuestionantes

Nos envuelve y penetra una “anticultura de la muerte” de tal manera que frecuentemente nos deja abatidos en la resignación o en la indiferencia. El signo más claro es el oscurecimiento en la conciencia personal y colectiva del valor sagrado y primero de la persona humana. De aquí nacen las desigualdades injustas, la explotación de las personas, la marginación de los pequeños y débiles, los robos y asesinatos. La pobreza, la violencia y la corrupción están destruyendo la vida humana entre nosotros.

A pesar de lo ya logrado en pastoral social, no podemos afirmar que ésta haya alcanzado en todas las parroquias y en la conciencia creyente de los fieles la importancia que le corresponde como parte esencial de la misión de la Iglesia. No nos ocupamos suficientemente de acoger, acompañar y ayudar a quienes el evangelio proclama “presencia de Cristo”: los pobres, los pequeños, los últimos. Y todavía nos ocupamos menos de analizar y transformar las estructuras generadoras de las brutales diferencias, del empobrecimiento e imposibilidad de vivir con paz y dignidad de la mayoría de las personas.

Es poco conocida y estudiada la doctrina social de la Iglesia por los fieles católicos que tienen una especial obligación de conocerla y aplicarla por el lugar que ocupan en el mundo político, económico, universitario, sindical, etc. También es deficiente la formación que la diócesis y las parroquias ofrecen a sus fieles sobre esta materia.

II. ILUMINACIÓN DOCTRINAL (JUZGAR)

Documento de Medellín. II Conferencia General

1. JUSTICIA

3. La Iglesia Latinoamericana tiene un mensaje para todos los hombres que, en este continente, tienen «hambre y sed de justicia». El mismo Dios que crea al hombre a su imagen y semejanza, crea la «tierra y todo lo que en ella se contiene para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados puedan llegar a todos, en forma más justa», y le da poder para que solidariamente transforme y perfeccione el mundo. Es el mismo Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envía a su Hijo para que hecho carne, venga a liberar a todos los hombres de todas las esclavitudes a que los tiene sujetos el pecado, la ignorancia, el hambre, la miseria y la opresión, en una palabra la injusticia y el odio que tienen su origen en el egoísmo humano.

Por eso, para nuestra verdadera liberación, todos los hombres necesitamos una profunda conversión a fin de que llegue a nosotros el «Reino de justicia, de amor y de paz». El origen de todo menosprecio del hombre, de toda injusticia, debe ser buscado en el desequilibrio interior de la libertad humana, que necesitará siempre, en la historia, una permanente labor de rectificación. La originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente en la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras, sino en la insistencia en la conversión del hombre, que exige luego este cambio. No tendremos un continente nuevo sin nuevas y renovadas estructuras; sobre todo, no habrá continente nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio sepan ser verdaderamente libres y responsables.

5. Ciertamente para la Iglesia, la plenitud y la perfección de la vocación humana se lograrán con la inserción definitiva de cada hombre en la Pascua o triunfo de Cristo, pero la esperanza de tal realización consumada, antes de adormecer debe «avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbro del siglo nuevo». No confundimos progreso temporal y Reino de Cristo; sin embargo, el primero, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios».
La búsqueda cristiana de la justicia es una exigencia de la enseñanza bíblica. Todos los hombres somos humildes administradores de los bienes. En la búsqueda de la salvación debemos evitar el dualismo que separa las tareas temporales de la santificación. A pesar de que estamos rodeados de imperfecciones, somos hombres de esperanza. Creemos que el amor a Cristo y a nuestros hermanos será no sólo la gran fuerza liberadora de la justicia y la opresión, sino la inspiradora de la justicia social, entendida como concepción de vida y como impulso hacia el desarrollo integral de nuestros pueblos.

2. LA PAZ

14.

Tres notas caracterizan, en efecto, la concepción cristiana de la paz.
a) La paz es, ante todo, obra de justicia. Supone y exige la instauración de un orden justo en el que los hombres puedan realizarse como hombres, en donde su dignidad sea respetada, sus legítimas aspiraciones satisfechas, su acceso a la verdad reconocido, su libertad personal garantizada. Un orden en el que los hombres no sean objetos, sino agentes de su propia historia. Allí, pues, donde existen injustas desigualdades entre hombres y naciones se atenta contra la paz.
La paz en América Latina no es, por lo tanto, la simple ausencia de violencia y derramamientos de sangre. La opresión ejercida por los grupos de poder puede dar la impresión de mantener la paz y el orden, pero en realidad no es sino «el germen continuo e inevitable de rebeliones y guerras».
La paz sólo se obtiene creando un orden nuevo que «comporta una justicia más perfecta entre los hombres». En este sentido, el desarrollo integral del hombre, el paso de condiciones menos humanas a condiciones más humanas, es el nombre nuevo de la paz.

b) La paz, en segundo lugar, es un quehacer permanente. La comunidad humana se realiza en el tiempo y está sujeta a un movimiento que implica constantemente cambio de estructuras, transformación de actitudes, conversión de corazones.
La «tranquilidad del orden», según la definición agustiniana de la paz, no es, pues, pasividad ni conformismo. No es, tampoco, algo que se adquiera una vez por todas; es el resultado de un continuo esfuerzo de adaptación a las nuevas circunstancias, a las exigencias y desafíos de una historia cambiante. Una paz estática y aparente puede obtenerse con el empleo de la fuerza; una paz auténtica implica lucha, capacidad inventiva, conquista permanente.
La paz no se encuentra, se construye. El cristiano es un artesano de la paz. Esta tarea, dada la situación descrita anteriormente, reviste un carácter especial en nuestro continente; para ello, el Pueblo de Dios en América Latina, siguiendo el ejemplo de Cristo deberá hacer frente con audacia y valentía al egoísmo, a la injusticia personal y colectiva.

c) La paz es, finalmente, fruto del amor, expresión de una real fraternidad entre los hombres: fraternidad aportada por Cristo, Príncipe de la Paz, al reconciliar a todos los hombres con el Padre. La solidaridad humana no puede realizarse verdaderamente sino en Cristo quien da la Paz que el mundo no puede dar. El amor es el alma de la justicia. El cristiano que trabaja por la justicia social debe cultivar siempre la paz y el amor en su corazón.
La paz con Dios es el fundamento último de la paz interior y de la paz social. Por lo mismo, allí donde dicha paz social no existe; allí donde se encuentran injustas desigualdades sociales, políticas, económicas y culturales, hay un rechazo del don de la paz del Señor; más aún, un rechazo del Señor mismo.


III. LÍNEAS DE ACCIÓN (ACTUAR)

Objetivo

Promover una pastoral social orgánica e integral que, animada por el amor compasivo y solidario de Jesucristo, anuncia el evangelio del amor, de la justicia y de la vida, forma la conciencia de las personas en estos valores, analiza críticamente las causas de las situaciones inhumanas y organiza formas de actuar que lleven a la transformación de dichas situaciones.

4.1 Primera línea de acción

Concientizar a los miembros de nuestra diócesis sobre el significado e importancia de la pastoral social como parte integrante de su misión.

Estrategias:
4.1.1 Explicando, de modo ocasional y planificado, en todas las instancias de la diócesis y de la parroquia, el fundamento, significado y fines de la pastoral social como parte de la misión de la Iglesia.
4.1.2 Descubriendo agentes de pastoral social dentro de las comunidades y asociaciones, formándolos debidamente para su acción específica.
4.1.3 Concientizando, en primer lugar, a los sacerdotes sobre la necesidad de una pastoral social seria, creativa y comprometida en sus parroquias.
4.1.4 Motivando y formando a los laicos para el ejercicio responsable y ético de su profesión y para su participación en las estructuras sociales y políticas.

4.2 Segunda línea de acción

Animar y formar una autentica espiritualidad de la pastoral social, que arranca de la conversión a Dios y a los pobres y promueven en los demás la dimensión social de la conversión.

Estrategias:
4.2.1 Insistiendo en los ámbitos de la predicación, de la catequesis y de la formación en la dimensión social de la conversión, de la caridad y de la moral cristiana para superar un espiritualismo desencarnado.
4.2.2 Contemplando asiduamente las enseñanzas, los sentimientos y los comportamientos de Jesucristo con los pobres, los enfermos, los excluidos, tal como lo transmiten los Evangelios y tal como lo han vivido algunos de sus seguidores: San Vicente de Paúl, San Juan de Dios, Beata Madre Teresa, Mártires de Centroamérica, etc.
4.2.3 Haciendo de las comunidades eclesiales el ámbito más inmediato de vivir esta espiritualidad, mirando la realidad concreta, practicando el amor efectivo con los necesitados más cercanos e implicándose en la transformación de sus ambientes.

4.3 Tercera línea de acción

Formar en la doctrina social de la Iglesia, de modo que “los agentes de evangelización (obispos, sacerdotes, profesores, animadores pastorales, etc.) Asimilen este tesoro e, iluminados por esta doctrina, se hagan capaces de leer la realidad actual y de buscar vías de solución” (E. in A. 54)

Estrategias:
4.3.1 Incluyendo la DSI de manera adaptada y progresiva en la enseñanza de los centros educativos y universidades de la Iglesia.
4.3.2 Incluyendo la enseñanza de la DSI en el plan de formación orgánica y sistemática de los laicos y agentes de pastoral de la diócesis.
4.3.3 Organizando talleres y cursos en los colegios, universidades, empresas para presentar y explicar el compendio de la DSI.
4.3.4 Estudiar la viabilidad y puesta en marcha de una “cátedra de pensamiento social cristiano” en la UNICAH o como organismo de la pastoral social diocesana.

4.4 Cuarta línea de acción

Crear o consolidar los organismos diocesanos y parroquiales apropiados de pastoral social como signo eficaz de la presencia liberadora de la Iglesia en el mundo.

Estrategias:
4.4.1 Constituyendo o consolidando la comisión de pastoral social en los niveles parroquial, zonal y diocesano.
4.4.2 Desplegando la pastoral social en diversas pastorales específicas según las personas y ambientes a los que se dirige, con su propia organización, estatutos y planificación, como: pastoral de la salud, pastoral penitenciaria, pastoral obrera, pastoral de la movilidad humana (inmigración, emigración, apostolado del mar), pastoral garífuna, pastoral de la tierra, medio ambiente, etc.
4.4.3 Revisando la relación de la Caritas diocesana y parroquial con la Pastoral social en orden a una pastoral bien integrada.
4.4.4 Constituyendo la comisión diocesana de justicia y paz con sus propios estatutos en los que se recoja su naturaleza, funciones y funcionamiento.
4.4.5 Organizando el “socorro jurídico”, con la incorporación de profesionales del derecho.

4.5 Quinta línea de acción

Mirar, estudiar y analizar las realidades de pobreza, injusticia y violencia de nuestra sociedad, algunas tan graves que claman al cielo (E.in A. 56) y dejarnos interpelar por su clamor para actuar con amor y sabiduría.

Estrategias:
4.5.1 Ofreciendo orientaciones y subsidios para que cada parroquia vaya haciendo el análisis socio-cultural de su territorio y de las respuestas pastorales que esta ofreciendo y poniéndolo por escrito.
4.5.2 Formando a los agentes de pastoral en el análisis sociológico y la lectura creyente de la realidad.
4.5.3 Estudiando la conveniencia y puesta en funcionamiento de un “centro diocesano” de análisis, investigación, documentación e información de nuestra realidad social.
4.5.4. Constituyendo en las parroquias un equipo o comisión que escuche a los afectados, recoja información y levante acta de los atentados a la vida de las personas y a sus bienes por asaltos, robos, atentados y asesinatos; dichas comisiones parroquiales estarán bajo la coordinación de la Comisión Diocesana de Justicia y Paz.

4.6 Sexta línea de acción

Educar para la paz, la justicia y el respeto a la vida humana en todos los ámbitos que influyen en formación de la conciencia y de la cultura.

Estrategias:
4.6.1 Viviendo y adquiriendo en la familia las actitudes de valoración y respeto mutuo, convivencia, armonía y perdón; de equidad y justicia; de cuidado y promoción de la vida de cada uno.
4.6.2 Proponiendo, motivando y testimoniando en la educación formal y “no-formal”, los valores de la paz, la justicia, dignidad de la vida, con sus programas específicos y con su transversalidad en todas las materias.
4.6.3 Utilizando los medios de comunicación propios de la Iglesia y, en la medida de lo posible, la colaboración con los otros medios, para ir educando la mente y el corazón en estos valores.

4.7 Séptima línea de acción

Fomentar los procesos de organización y participación popular y crear alianzas con instituciones afines para ir transformando la realidad y mejorar el desarrollo del pueblo.

Estrategias:
4.7.1 Apoyando el proceso de organización de las fuerzas vivas en cada municipio para que se interesen por el desarrollo local y comunitario, se impliquen en el proceso de implementación de la “Estrategia para la Reducción de la Pobreza” (E.R.P) de modo que se haga con la participación de la población y según sus reales necesidades, y controlen la gestión de los recursos públicos exigiendo la rendición transparente de cuentas.
4.7.2 Uniéndonos a otras organizaciones sociales para el análisis de la realidad y la propuesta de políticas justas de desarrollo y convivencia pacífica, implicando también en estos foros a las autoridades municipales, departamentales y nacionales.
4.7.3 Participando en campañas y jornadas de ámbito general como “día mundial de…”, VIH-SIDA, defensa de la vida, defensa de la mujer, etc.

EVALUACIÓN

Sentido de la evaluación

Con frecuencia se dedica mucho tiempo y energías a la elaboración de diversos tipos de “planes” pero, una vez redactados, se les tiene poco en cuenta y no se evalúa su cumplimiento.

La eficacia de nuestro Plan Pastoral depende, en gran medida, de la evaluación que realicemos respecto de la consecución de sus objetivos, la realización de sus actividades y el discernimiento de las causas de los logros alcanzados y de los fallos detectados.

La evaluación se enmarca en la espiritualidad de la conversión permanente y del crecimiento espiritual y apostólico. La evaluación es como un examen de conciencia, un ejercicio de discernimiento para descubrir la acción de Dios en nuestra vida personal y eclesial y para conocer la respuesta que estamos dando. Lo que se evalúa no es tanto el texto sino la vida, con la ayuda de esa regla, norma o espejo que es el Plan Pastoral.

Evaluación diocesana

En cuanto este Plan tiene un alcance diocesano, los responsables de ejecutarlo o de motivar su cumplimiento son los organismos de carácter diocesano. Por tanto, los organismos siguientes:
• Consejo pastoral diocesano,
• Presbiterio en reunión,
• Departamentos y comisiones pastorales diocesanas,

Evaluarán anualmente el cumplimiento de este Plan y el logro de sus objetivos, según sus funciones y competencias.

Evaluación zonal

Lo mismo harán los organismos zonales en su propia zona y según sus fines y competencias:
• Consejo pastoral zonal.
• Equipo de presbíteros.
• Comisiones pastorales de zona.

Evaluación parroquial

Las parroquias han de elaborar su plan pastoral según las prioridades y orientaciones del diocesano, aplicándolo y concretándolo a su propia situación socio-religiosa. Dicho plan contemplará los tiempos y las formas de evaluación por los organismos parroquiales, como son: la asamblea, el consejo y las comisiones pastorales.



 
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