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PRIORIDAD PASTORAL CUARTA:
PARA QUE EL PUEBLO TENGA VIDA
“Cuidar, defender y promover la vida humana, especialmente
la de quienes son más afectados por la pobreza, la injusticia
y la violencia.”
I. MIRADA A LA REALIDAD (VER)
Una realidad crónica que nos
duele
Con nuestros obispos afirmamos: “La eliminación
de la pobreza y el desarrollo de nuestro pueblo encuentran
obstáculos que parecen insalvables, como son: la inequidad
en la generación y en la distribución de la riqueza;
la baja calidad e insuficiente cobertura de la educación;
la deficiente atención de los servicios de salud; la
explotación irracional y el aprovechamiento ilícito
de los recursos naturales; la corrupción generalizada;
el robo de los bienes del Estado; el olvido del bien común,
de la justicia, de la solidaridad y la pérdida del valor
sagrado de la vida. Todos ellos no sólo causan un continuo
empobrecimiento de nuestra población, sino que producen
un flujo constante de hondureños hacia el exterior en
busca de mejores condiciones de vida.”. (“Por los
caminos de la esperanza”, n. 10)
Aspectos positivos más relevantes
La diócesis está realizando ya una intensa y
variada pastoral social como lo muestran los siguientes indicadores:
tiene organizada la Caritas diocesana; la pastoral de la salud
abarca la pastoral “del buen samaritano” con personas
afectadas por VIH-SIDA, residencias u hogares de ancianos,
consultorios y dispensarios, formación de promotores
populares de salud, etc. Los centros penales de la diócesis
son atendidos por la pastoral penitenciaria. Estamos presentes
en la educación formal y “no formal”. Algunas
parroquias desarrollan proyectos de viviendas, proyecto de
desarrollo agrícola solidario, etc.
Nuestro obispo iniciaba su ministerio
con este lema: “para
que tengan vida”. La vida digna y plena de todas las
personas ha sido una prioridad de nuestros planes pastorales.
Hemos denunciado de diversas formas los graves atentados a
la vida humana que sufre nuestro pueblo, hemos proclamado el “evangelio
de la vida” y nos sentimos urgidos a servir al evangelio
de la vida que no es otro que la dignidad sagrada de la persona.
Mirando en profundidad, advertimos la
fortaleza y solidaridad de los pobres para soportar el peso
de la vida, el nacer de
formas de organización desde la base para defender la
justicia y transformar las condiciones sociales más
inmediatas, la configuración de asociaciones de la “sociedad
civil” para participar en la vida política y social
y el clamor del pueblo que dice, aunque sea en voz baja y en
los círculos de los vecinos conocidos, “basta
ya”.
Aspectos críticos más
cuestionantes
Nos envuelve y penetra una “anticultura de la muerte” de
tal manera que frecuentemente nos deja abatidos en la resignación
o en la indiferencia. El signo más claro es el oscurecimiento
en la conciencia personal y colectiva del valor sagrado y primero
de la persona humana. De aquí nacen las desigualdades
injustas, la explotación de las personas, la marginación
de los pequeños y débiles, los robos y asesinatos.
La pobreza, la violencia y la corrupción están
destruyendo la vida humana entre nosotros.
A pesar de lo ya logrado en pastoral social,
no podemos afirmar que ésta haya alcanzado en todas las parroquias y en
la conciencia creyente de los fieles la importancia que le
corresponde como parte esencial de la misión de la Iglesia.
No nos ocupamos suficientemente de acoger, acompañar
y ayudar a quienes el evangelio proclama “presencia de
Cristo”: los pobres, los pequeños, los últimos.
Y todavía nos ocupamos menos de analizar y transformar
las estructuras generadoras de las brutales diferencias, del
empobrecimiento e imposibilidad de vivir con paz y dignidad
de la mayoría de las personas.
Es poco conocida y estudiada la doctrina
social de la Iglesia por los fieles católicos que tienen una especial obligación
de conocerla y aplicarla por el lugar que ocupan en el mundo
político, económico, universitario, sindical,
etc. También es deficiente la formación que la
diócesis y las parroquias ofrecen a sus fieles sobre
esta materia.
II. ILUMINACIÓN DOCTRINAL (JUZGAR)
Documento de Medellín. II Conferencia
General
1. JUSTICIA
3. La Iglesia Latinoamericana tiene un
mensaje para todos los hombres que, en este continente, tienen «hambre y
sed de justicia». El mismo Dios que crea al hombre a
su imagen y semejanza, crea la «tierra y todo lo que
en ella se contiene para uso de todos los hombres y de todos
los pueblos, de modo que los bienes creados puedan llegar a
todos, en forma más justa», y le da poder para
que solidariamente transforme y perfeccione el mundo. Es el
mismo Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envía
a su Hijo para que hecho carne, venga a liberar a todos los
hombres de todas las esclavitudes a que los tiene sujetos el
pecado, la ignorancia, el hambre, la miseria y la opresión,
en una palabra la injusticia y el odio que tienen su origen
en el egoísmo humano.
Por eso, para nuestra verdadera liberación, todos los
hombres necesitamos una profunda conversión a fin de
que llegue a nosotros el «Reino de justicia, de amor
y de paz». El origen de todo menosprecio del hombre,
de toda injusticia, debe ser buscado en el desequilibrio interior
de la libertad humana, que necesitará siempre, en la
historia, una permanente labor de rectificación. La
originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente
en la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras,
sino en la insistencia en la conversión del hombre,
que exige luego este cambio. No tendremos un continente nuevo
sin nuevas y renovadas estructuras; sobre todo, no habrá continente
nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio sepan
ser verdaderamente libres y responsables.
5. Ciertamente para la Iglesia, la plenitud y la perfección
de la vocación humana se lograrán con la inserción
definitiva de cada hombre en la Pascua o triunfo de Cristo,
pero la esperanza de tal realización consumada, antes
de adormecer debe «avivar la preocupación de perfeccionar
esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana,
el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbro del siglo
nuevo». No confundimos progreso temporal y Reino de Cristo;
sin embargo, el primero, «en cuanto puede contribuir
a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida
al Reino de Dios».
La búsqueda cristiana de la justicia es una exigencia
de la enseñanza bíblica. Todos los hombres somos
humildes administradores de los bienes. En la búsqueda
de la salvación debemos evitar el dualismo que separa
las tareas temporales de la santificación. A pesar de
que estamos rodeados de imperfecciones, somos hombres de esperanza.
Creemos que el amor a Cristo y a nuestros hermanos será no
sólo la gran fuerza liberadora de la justicia y la opresión,
sino la inspiradora de la justicia social, entendida como concepción
de vida y como impulso hacia el desarrollo integral de nuestros
pueblos.
2. LA PAZ
14.
…
Tres notas caracterizan, en efecto, la concepción cristiana
de la paz.
a) La paz es, ante todo, obra de justicia. Supone y exige la
instauración de un orden justo en el que los hombres
puedan realizarse como hombres, en donde su dignidad sea respetada,
sus legítimas aspiraciones satisfechas, su acceso a
la verdad reconocido, su libertad personal garantizada. Un
orden en el que los hombres no sean objetos, sino agentes de
su propia historia. Allí, pues, donde existen injustas
desigualdades entre hombres y naciones se atenta contra la
paz.
La paz en América Latina no es, por lo tanto, la simple
ausencia de violencia y derramamientos de sangre. La opresión
ejercida por los grupos de poder puede dar la impresión
de mantener la paz y el orden, pero en realidad no es sino «el
germen continuo e inevitable de rebeliones y guerras».
La paz sólo se obtiene creando un orden nuevo que «comporta
una justicia más perfecta entre los hombres».
En este sentido, el desarrollo integral del hombre, el paso
de condiciones menos humanas a condiciones más humanas,
es el nombre nuevo de la paz.
b) La paz, en segundo lugar, es un quehacer permanente. La
comunidad humana se realiza en el tiempo y está sujeta
a un movimiento que implica constantemente cambio de estructuras,
transformación de actitudes, conversión de corazones.
La «tranquilidad del orden», según la definición
agustiniana de la paz, no es, pues, pasividad ni conformismo.
No es, tampoco, algo que se adquiera una vez por todas; es
el resultado de un continuo esfuerzo de adaptación a
las nuevas circunstancias, a las exigencias y desafíos
de una historia cambiante. Una paz estática y aparente
puede obtenerse con el empleo de la fuerza; una paz auténtica
implica lucha, capacidad inventiva, conquista permanente.
La paz no se encuentra, se construye. El cristiano es un artesano
de la paz. Esta tarea, dada la situación descrita anteriormente,
reviste un carácter especial en nuestro continente;
para ello, el Pueblo de Dios en América Latina, siguiendo
el ejemplo de Cristo deberá hacer frente con audacia
y valentía al egoísmo, a la injusticia personal
y colectiva.
c) La paz es, finalmente, fruto del amor, expresión
de una real fraternidad entre los hombres: fraternidad aportada
por Cristo, Príncipe de la Paz, al reconciliar a todos
los hombres con el Padre. La solidaridad humana no puede realizarse
verdaderamente sino en Cristo quien da la Paz que el mundo
no puede dar. El amor es el alma de la justicia. El cristiano
que trabaja por la justicia social debe cultivar siempre la
paz y el amor en su corazón.
La paz con Dios es el fundamento último de la paz interior
y de la paz social. Por lo mismo, allí donde dicha paz
social no existe; allí donde se encuentran injustas
desigualdades sociales, políticas, económicas
y culturales, hay un rechazo del don de la paz del Señor;
más aún, un rechazo del Señor mismo.
III. LÍNEAS DE ACCIÓN (ACTUAR)
Objetivo
Promover una pastoral social orgánica e integral que,
animada por el amor compasivo y solidario de Jesucristo, anuncia
el evangelio del amor, de la justicia y de la vida, forma la
conciencia de las personas en estos valores, analiza críticamente
las causas de las situaciones inhumanas y organiza formas de
actuar que lleven a la transformación de dichas situaciones.
4.1 Primera línea de acción
Concientizar a los miembros de nuestra
diócesis sobre
el significado e importancia de la pastoral social como parte
integrante de su misión.
Estrategias:
4.1.1 Explicando, de modo ocasional y planificado, en todas
las instancias de la diócesis y de la parroquia, el
fundamento, significado y fines de la pastoral social como
parte de la misión de la Iglesia.
4.1.2 Descubriendo agentes de pastoral social dentro de las
comunidades y asociaciones, formándolos debidamente
para su acción específica.
4.1.3 Concientizando, en primer lugar, a los sacerdotes sobre
la necesidad de una pastoral social seria, creativa y comprometida
en sus parroquias.
4.1.4 Motivando y formando a los laicos para el ejercicio responsable
y ético de su profesión y para su participación
en las estructuras sociales y políticas.
4.2 Segunda línea de acción
Animar y formar una autentica espiritualidad
de la pastoral social, que arranca de la conversión a Dios y a los
pobres y promueven en los demás la dimensión
social de la conversión.
Estrategias:
4.2.1 Insistiendo en los ámbitos de la predicación,
de la catequesis y de la formación en la dimensión
social de la conversión, de la caridad y de la moral
cristiana para superar un espiritualismo desencarnado.
4.2.2 Contemplando asiduamente las enseñanzas, los sentimientos
y los comportamientos de Jesucristo con los pobres, los enfermos,
los excluidos, tal como lo transmiten los Evangelios y tal
como lo han vivido algunos de sus seguidores: San Vicente de
Paúl, San Juan de Dios, Beata Madre Teresa, Mártires
de Centroamérica, etc.
4.2.3 Haciendo de las comunidades eclesiales el ámbito
más inmediato de vivir esta espiritualidad, mirando
la realidad concreta, practicando el amor efectivo con los
necesitados más cercanos e implicándose en la
transformación de sus ambientes.
4.3 Tercera línea de acción
Formar en la doctrina social de la Iglesia,
de modo que “los
agentes de evangelización (obispos, sacerdotes, profesores,
animadores pastorales, etc.) Asimilen este tesoro e, iluminados
por esta doctrina, se hagan capaces de leer la realidad actual
y de buscar vías de solución” (E. in A.
54)
Estrategias:
4.3.1 Incluyendo la DSI de manera adaptada y progresiva en
la enseñanza de los centros educativos y universidades
de la Iglesia.
4.3.2 Incluyendo la enseñanza de la DSI en el plan de
formación orgánica y sistemática de los
laicos y agentes de pastoral de la diócesis.
4.3.3 Organizando talleres y cursos en los colegios, universidades,
empresas para presentar y explicar el compendio de la DSI.
4.3.4 Estudiar la viabilidad y puesta en marcha de una “cátedra
de pensamiento social cristiano” en la UNICAH o como
organismo de la pastoral social diocesana.
4.4 Cuarta línea de acción
Crear o consolidar los organismos diocesanos y parroquiales
apropiados de pastoral social como signo eficaz de la presencia
liberadora de la Iglesia en el mundo.
Estrategias:
4.4.1 Constituyendo o consolidando la comisión de pastoral
social en los niveles parroquial, zonal y diocesano.
4.4.2 Desplegando la pastoral social en diversas pastorales
específicas según las personas y ambientes a
los que se dirige, con su propia organización, estatutos
y planificación, como: pastoral de la salud, pastoral
penitenciaria, pastoral obrera, pastoral de la movilidad humana
(inmigración, emigración, apostolado del mar),
pastoral garífuna, pastoral de la tierra, medio ambiente,
etc.
4.4.3 Revisando la relación de la Caritas diocesana
y parroquial con la Pastoral social en orden a una pastoral
bien integrada.
4.4.4 Constituyendo la comisión diocesana de justicia
y paz con sus propios estatutos en los que se recoja su naturaleza,
funciones y funcionamiento.
4.4.5 Organizando el “socorro jurídico”,
con la incorporación de profesionales del derecho.
4.5 Quinta línea de acción
Mirar, estudiar y analizar las realidades
de pobreza, injusticia y violencia de nuestra sociedad, algunas
tan graves que claman
al cielo (E.in A. 56) y dejarnos interpelar por su clamor para
actuar con amor y sabiduría.
Estrategias:
4.5.1 Ofreciendo orientaciones y subsidios para que cada parroquia
vaya haciendo el análisis socio-cultural de su territorio
y de las respuestas pastorales que esta ofreciendo y poniéndolo
por escrito.
4.5.2 Formando a los agentes de pastoral en el análisis
sociológico y la lectura creyente de la realidad.
4.5.3 Estudiando la conveniencia y puesta en funcionamiento
de un “centro diocesano” de análisis, investigación,
documentación e información de nuestra realidad
social.
4.5.4. Constituyendo en las parroquias un equipo o comisión
que escuche a los afectados, recoja información y levante
acta de los atentados a la vida de las personas y a sus bienes
por asaltos, robos, atentados y asesinatos; dichas comisiones
parroquiales estarán bajo la coordinación de
la Comisión Diocesana de Justicia y Paz.
4.6 Sexta línea de acción
Educar para la paz, la justicia y el respeto
a la vida humana en todos los ámbitos que influyen en formación
de la conciencia y de la cultura.
Estrategias:
4.6.1 Viviendo y adquiriendo en la familia las actitudes de
valoración y respeto mutuo, convivencia, armonía
y perdón; de equidad y justicia; de cuidado y promoción
de la vida de cada uno.
4.6.2 Proponiendo, motivando y testimoniando en la educación
formal y “no-formal”, los valores de la paz, la
justicia, dignidad de la vida, con sus programas específicos
y con su transversalidad en todas las materias.
4.6.3 Utilizando los medios de comunicación propios
de la Iglesia y, en la medida de lo posible, la colaboración
con los otros medios, para ir educando la mente y el corazón
en estos valores.
4.7 Séptima línea de acción
Fomentar los procesos de organización y participación
popular y crear alianzas con instituciones afines para ir transformando
la realidad y mejorar el desarrollo del pueblo.
Estrategias:
4.7.1 Apoyando el proceso de organización de las fuerzas
vivas en cada municipio para que se interesen por el desarrollo
local y comunitario, se impliquen en el proceso de implementación
de la “Estrategia para la Reducción de la Pobreza” (E.R.P)
de modo que se haga con la participación de la población
y según sus reales necesidades, y controlen la gestión
de los recursos públicos exigiendo la rendición
transparente de cuentas.
4.7.2 Uniéndonos a otras organizaciones sociales para
el análisis de la realidad y la propuesta de políticas
justas de desarrollo y convivencia pacífica, implicando
también en estos foros a las autoridades municipales,
departamentales y nacionales.
4.7.3 Participando en campañas y jornadas de ámbito
general como “día mundial de…”, VIH-SIDA,
defensa de la vida, defensa de la mujer, etc.
EVALUACIÓN
Sentido de la evaluación
Con frecuencia se dedica mucho tiempo
y energías a
la elaboración de diversos tipos de “planes” pero,
una vez redactados, se les tiene poco en cuenta y no se evalúa
su cumplimiento.
La eficacia de nuestro Plan Pastoral depende,
en gran medida, de la evaluación que realicemos respecto de la consecución
de sus objetivos, la realización de sus actividades
y el discernimiento de las causas de los logros alcanzados
y de los fallos detectados.
La evaluación se enmarca en la espiritualidad de la
conversión permanente y del crecimiento espiritual y
apostólico. La evaluación es como un examen de
conciencia, un ejercicio de discernimiento para descubrir la
acción de Dios en nuestra vida personal y eclesial y
para conocer la respuesta que estamos dando. Lo que se evalúa
no es tanto el texto sino la vida, con la ayuda de esa regla,
norma o espejo que es el Plan Pastoral.
Evaluación diocesana
En cuanto este Plan tiene un alcance diocesano,
los responsables de ejecutarlo o de motivar su cumplimiento
son los organismos
de carácter diocesano. Por tanto, los organismos siguientes:
• Consejo pastoral diocesano,
•
Presbiterio en reunión,
• Departamentos y comisiones pastorales diocesanas,
Evaluarán anualmente el cumplimiento de este Plan y
el logro de sus objetivos, según sus funciones y competencias.
Evaluación zonal
Lo mismo harán los organismos zonales en su propia
zona y según sus fines y competencias:
• Consejo pastoral zonal.
•
Equipo de presbíteros.
• Comisiones pastorales de zona.
Evaluación parroquial
Las parroquias han de elaborar su plan
pastoral según
las prioridades y orientaciones del diocesano, aplicándolo
y concretándolo a su propia situación socio-religiosa.
Dicho plan contemplará los tiempos y las formas de evaluación
por los organismos parroquiales, como son: la asamblea, el
consejo y las comisiones pastorales.
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